The king has come
I’m mad as hell, and I’m not going to take this anymore!
- Network (1976)
Hey, Johnny, what are you rebelling against?
What’ve you got?
- The Wild One (1953)
Todos tenemos una favorita. Creo que la preferida de mi padre es Three Days of the Condor (a sus sesenta años, parece resistirse a la idea de que "el enemigo" ya no es comunista, sino musulmán); mi madre sin duda prefiere Love Story y -con las debidas reservas- no la culpo: el que no se derrite por Ali MacGraw mejor le valdría tirar el corazón a la basura (no le sirve para nada). Conmigo no es tan sencillo. Elegir uno de los innumerables clásicos que nos legó la New Hollywood Era es como pedirme que elija entre mis (potencialmente inexistentes) hijos, pero si he de enfrentarme a una decisión de vida o muerte tendría que quedarme con Butch Cassidy and the Sundance Kid: vivir peligrosamente, al margen de la ley, pero esclavo del corazón y del honor, es una idea que me ha cautivado desde que fui testigo, hace más de quince años, de esa inolvidable cita entre Katharine Ross y Paul Newman, una accidentada salida en bicicleta que la voz de Burt Bacharach convierte en un recuerdo tatuado a sangre y fuego en la memoria.
Como me sucede con otras tantas cosas, mi nostalgia por la New Hollywood Era es una nostalgia vacía, recuerdos de un tiempo vivido a destiempo (todas esas películas las he visto en la comodidad de mi casa, huérfano del delicioso suspenso colectivo que destila una sala de cine), pero eso no les ha impedido volverse parte de mi vida, de la vida de cualquiera que se deje cautivar por el aroma de aquellos tiempos en que, aunque tensos, la humanidad empezaba a caminar de nuevo tras casi perderse para siempre. La destrucción había sido total: tanta sangre, tanto dolor, tanto odio, tanto miedo…
Para la tarde del dos de septiembre de 1945 el mundo había terminado, pero no la humanidad. Había que empezar de nuevo. Había que empezar por algo, por alguna parte. A pesar de las consecuencias sociales y culturales a largo plazo, que en ese momento crucial los Estados Unidos de América haya sido la única nación con la entereza, voluntad y visión para llevar sobre sus hombros la pesada carga de un nuevo nacimiento del viejo mundo y del desarrollo del continente americano no está a discusión. Cuando el abismo de la guerra había consumido a las otrora grandes potencias y nadie estaba en condiciones (ni con ánimos) de levantar la mano y decir "¡Yo lo haré!", los EUA tomaron la responsabilidad en sus manos, salvando al mundo y prácticamente "lo hicieron suyo" durante la segunda mitad del siglo XX.
En cierto sentido, podría decirse que la New Hollywood Era formó parte de una "estrategia" para renovar el ánimo de la gente, lo cual es comprensible dadas las catatónicas condiciones en que millones de personas vieron llegar el medio siglo. Era el momento de volver a creer, de recuperar nuestra fe en los héroes, en el amor, en la posibilidad de luchar por algo -y por alguien- hasta el último aliento. Y muy aparte de la riquísima vena creativa/artística que se dejó ver en la industria fílmica estadounidense desde los años 60 hasta finales de los 80, el cometido se logró with flying colors. Prueba de ello es que seguimos aquí. A pesar de todo, seguimos aquí.
Pero los tiempos han cambiado. No sólo los "salvadores de la humanidad" se dejaron llevar por el mito al punto de encerrarse en una burbuja: las nuevas generaciones, insatisfechas ante las expectativas traicionadas de sus antecesores (a su vez, hijos de los sobrevivientes del holocausto), ignorantes o indiferentes ante un apocalipsis que cada vez se les antoja más lejano, han perdido la confianza y respeto en el mundo que les rodea. Pues es imposible confiar en un mundo, una sociedad que sólo busca devorarlos y convertirlos en máquinas, que les exije a punta de vara lo que deben ser, lo que deben pensar, lo que deben hacer… so pena de verse condenados al peor destino que la sociedad posmoderna le depara a sus rebeldes: ser un "perdedor", un "fracasado".
Entrar a la escuela, que hoy son más comparables a fábricas de "recursos humanos" que a auténticos recintos del saber. Buscar un trabajo, en el que se terminará siendo peón de una pieza de mayor valor, ad infinitum. Y en medio… cualquier bobería para distraernos, entretenernos, olvidarnos; lo que sea, con tal de que el tiempo pase y el día empiece de nuevo.
Habrá quienes afirmen que "así es la vida", y es deber de todos adaptarse a las circunstancias o, de lo contrario, apartarse del camino. La competencia es un factor inevitable y necesario en cualquier aspecto de la vida, cierto, pero lo que nuestro sistema busca ya no puede llamarse competencia, pues hace tiempo que el sistema dejó de ser herramienta de análisis e intercambio de ideas para el mejoramiento de la humanidad para convertirse en nuestro carcelero, un inmisericorde verdugo que aplasta a los que tienen una voz distinta, una visión diferente de las cosas. No es casualidad que en años recientes las tasas de suicidios y de social withdrawal en todo el mundo vayan en aumento. La presión suele ser tanta para algunos que tienen la educación, el entusiasmo, la inteligencia, la iniciativa… pero no tienen los contactos, los medios, la voz… y son hechos a un lado. Con ello perdiendo (en muchas ocasiones, para siempre) centenares de mentes que podrían cambiar el mundo de tener una oportunidad.
Pero eso no es lo peor.
Lo peor no es la enfermedad, sino que a pesar de que todos estamos conscientes del mal que nos aqueja, nadie está dispuesto a levantar la mano y decir "¡Yo lo haré!". Nadie. La desilusión es tanta, las promesas rotas se cuentan por tantos montones, el legado de quienes lo han intentado ya se lee en tantos kilómetros de lápidas de marmol que nadie quiere tomar la palabra.
Pero es necesario. Hace mucha falta y entre más tiempo pase, será más necesario que una presencia corrija el rumbo. Sin importar las consecuencias.
Es tiempo de volver a creer. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que con un cuento de hadas?, porque sólo así se puede hablar de Higashi no Eden: como un cuento de hadas para los escépticos, para los cínicos… en suma, para los que han dejado de creer. En sólo once episodios, Kenji Kamiyama pone el dedo en la llaga de forma tan dolorosa, tan punzante que nadie puede permanecer indiferente. Cierto, Eden reflexiona y señala el elefante en el cuarto que el pueblo japonés se ha negado en aceptar por décadas, una serie de complejos y vicios culturales que están mermando a sus jóvenes, pero variantes de ese podrido contexto se están presentando en todo el mundo y a un ritmo acelerado.
Algo no está bien, y frente al problema que representa el sistema ya empiezan a dejarse ver dos respuestas. Una: completa indiferencia. La otra: un radicalismo que no le pide nada a las posturas sociales que acabaron con la vida de millones de personas hace más de sesenta años. Preciso crítico social desde su debut como director en Ghost in the Shell: Stand Alone Complex, Kamiyama se vale de Higashi no Eden para exponer una alternativa, una opción "a la antigua", tan dolorosa como efectiva: jugar al héroe de la película, ese que está dispuesto a hacer lo correcto en el momento correcto… y perderse en la multitud. Sin nombre. Sin gloria. Porque así son los héroes de verdad.
No tiene que ser un genio. No tiene que ser un "adulto" en el sentido tan lánguido que hoy nos ofrecen. Sólo basta que sea el knight in shining armor, que esté dispuesto a acabar con el dragón y rescatar a la princesa… y aceptar las consecuencias de sus actos.
"Es tiempo de volver a creer", argumenta Kamiyama desde ese encuentro furtivo (y desnudo) frente al viejo centro del mundo, pero no se entiende del todo hasta esa apoteósica escena, probablemente una de las más hermosas que la animación japonesa nos haya ofrecido en los albores del siglo XXI: Akira Takizawa, el último príncipe al mando del último ejército y frente a su tierna princesa, protegiendo a su nación con plena omnipotencia.
Bang!… y Kenji Kamiyama rinde el más grande tributo a esas películas y a esa generación que tanto le ha enseñado.
Bang!… un país al borde del abismo, y sólo unos cuantos lo saben.
Bang!… y una dama doliente se cautiva ante el heroismo anónimo (ese delicioso "¿Y cuándo vendrás a salvarme a mí, No. 9?", que confirma que puede ser más fácil salvar al mundo que ganar el corazón de una mujer).
Bang!… y por hoy, Japón está a salvo, el mundo está a salvo.
Porque el Rey ha llegado.
Contrario a lo que podría esperarse, Higashi no Eden (Eden of the East, espejeante homenaje al clásico de Elia Kazan) no tiene respuestas para nadie y es un grave error llegar a ella buscándolas o, peor aún, juzgarla por no ofrecer ninguna. No hay respuestas… mejor aún, hay preguntas, hay la posiblidad de preguntar, de plantear, de cambiar. Y eso vale mucho más que una respuesta. Y eso, hoy, aquí, se necesita más que una respuesta.
Algo no está bien y algo va a cambiar, sólo es cuestión de tiempo. El mundo es un reino sin reyes. El trono está vacío. Que sea ocupado por un Príncipe o un grupo de bufones depende de nosotros.






Suddenly, Johnnies. Thousands of them.
Me ha gustado bastante el post, es el primero que leo que realmente va en dirección hacia lo que Higashi no Eden quiere decir. Después de todo, es un espectáculo delirante con un nivel de comentario social que va más allá de lo que la mayoría de series ha logrado.
La poca comprensión -creo yo- que se ha tenido sobre Higashi no Eden ha pasado principalmente por la poca comprensión del rol que desempeña Saki Morimi en todo esto. Al final todo cuanto has descrito se aplica a ella. Saki representa a la nueva generación, víctima de un conflicto generacional profundo originado por la disposición de las estructuras sociales. Está llena de dudas e incertidumbre, pero sobretodo, con mucho miedo al futuro, porque el montón de bufones que están cómodos y tienen el poder ya no piensan en aquello.
Pero ahí está el Príncipe, Rey y Mesías, todo en uno. Para iluminar el paso de los que hoy están perdidos.
Saludos Koneko-sensei.
*Meow!*
No podría estar más de acuerdo contigo Koneko-sensei.
Cuando perdemos el rumbo, cuando la incertidumbre se apodera por completo de nuestros pensamientos y deseos, siempre buscamos a quien acudir para que nos guie, aconseje o simplemente nos escuche. En este caso, es todo un país, que sin saberlo, está en búsqueda de alguien que pueda salvarle de la autodestrucción en cuya sociedad se ha sumergido, y en la que tarde o temprano, otros países le seguirán. Quizás no sea una película clásica, o esté carente de virtudes, pero me viene a la mente una frase que John McClane, encarnado por Bruce Willis, dice en Die Hard 4.0 “Porque no hay nadie más que lo haga, por eso”. Takizawa tomó la misma decisión al momento de darse cuenta que nadie más lo haría, por eso él sería ese Mesías, para salvar a un país sin Rey.
Veremos que dice el futuro, de momento, la salvación da comienzo.