A Windy Life :: Prólogo :: Sombra de la Historia. Luz del Tiempo.
Success is counted sweetest
By those who ne’er succeed.
To comprehend a nectar
Requires sorest need.Not one of all the purple host
Who took the flag to-day
Can tell the definition,
So clear, of victory,As he, defeated, dying,
On whose forbidden ear
The distant strains of triumph
Break, agonized and clear!- Emily Dickinson.
Hablar de historia del arte es hablar de historias de gigantes. Caravaggio, Da Vinci, Rafael, Rubens, Velázquez, Goya, Monet, Renoir, Picasso, Pollock, Miró… nombres y apellidos que se han vuelto símbolos poderosos, reflejo de la pretendida universalidad de la raza humana. Pero cierto es también, aunque solemos olvidarlo, que en el arte (o en la pintura, para ser más específicos) esos nombres y apellidos no son sino la punta del iceberg, pues a sus espaldas hubieron centenares, millones de hombres y mujeres que dedicaron su vida al habla del pincel delineando, todos y cada uno, un lenguaje propio y una impresión única del mundo en que vivieron.
Muchos de ellos, por supuesto, se han perdido para siempre en las arenas del tiempo, mientras que otros tantos han ganado la bendición de la memoria eterna, pero en medio de ambos, en medio del abismo y la gloria que conforman los extremos de ese delgado espectro que es el legado del artista podemos encontrar un (todavía) considerable número de exponentes a cuyo legado, siempre al borde del olvido, sólo le falta un pequeño empujón para ser descubierto. Un encuentro casual, la recomendación de un amigo, esas impresiones que flotan de pronto en cualquier tertulia vespertina y que motivan nuestra curiosidad: ese ligero toque del destino que suele llevarnos a un tesoro escondido y que, en este caso, libres del peso de la historia, nos permiten escuchar la voz del artista de forma fiel, directa, intensa, sin interrupciones ni mediaciones.
Tal vez, es en ese microscópico punto medio entre el olvido y la gloria en que yace el verdadero sentido de aquello que solemos llamar -ya a diestra y siniestra- arte, tal como lo demuestra un curioso incidente acaecido en el Salon d’Automne de 1907. En una edición del Salón en que los reflectores servían incondicionalmente a las nuevas propuestas de Cezánne, Gauguin y Matisse, un estrecho pabellón del Grand Palais dedicado a lienzos de nuevos talentos de Norteamérica no tardaría en ser objeto de todas las miradas con la presentación de la opera-prima de un joven canadiense. Un lienzo típico, tradicional e incluso tildado por algunos de austero y burgués, pero que nadie pudo olvidar.
Hoy por hoy, no es de extrañar que el nombre de Theodore Kent pase desapercibido por todos los libros, todos los discursos y notas dedicadas al lenguaje del pincel. Después de todo, en medio de un período que se debatía entre vanguardias como el cubismo, el futurismo y las últimas chispas del impresionismo, Kent parecía tener la mirada fija en el pasado. Fiel a su toque romántico (heredero de grandes como Turner, Friedrich o Constable) lo ubicaba, como un rebelde ante las hordas de jóvenes que veían en la traición a las normas el único camino hacia la libertad del naciente siglo XX.
¿El nombre de la obra? Futuro.
En un acto de extrema ironía, el prodigio de la Isla del Príncipe Eduardo desafió a críticos y expertos con una visión del porvenir amparada en el pasado, mas no con un enfoque conservador o tradicionalista, sino como una especie de llamada de atención para un mundo que, enajenado con la innovación y el progreso, estaría a punto de romper la frágil estabilidad legada por nuestros antepasados… y que -efectivamente- sucedería siete años después, transformando el mundo para siempre. Sin embargo, a pesar de sus frustradas intenciones, la sublime escena de cuatro niños observando el amanecer al pie de un faro no falló en cautivar a cuanto expectador posaba sus ojos en ella. ¿Qué había en aquel sencillo retablo que no sólo fue capaz de atrapar la atención de una generación de artistas a duelo a muerte con el mundo antiguo, pero también de detener el tiempo en cada uno de ellos, mostrándoles que la verdad y libertad que tanto se empeñaban en buscar no radicaba en la forma, sino en el fondo?
Para todos quienes la observaron en aquel otoño del joven siglo, "algo más" parecía ceñirse sobre Futuro. Pocos creían que la obra de alguien tan joven -y sin experiencia- como Theodore Kent pudiera poseer una voz tan clara y firme. Parecía, sin duda, como si un elemento sobrenatural hubiese marcado el lienzo. "Una brisa de juventud. Dulce brisa de juventud", se oyó murmurar al mismo Frantz Jourdain en presencia de Futuro, revelando que Kent debía buena parte de su devoción al arte a experiencias de la infancia y, sobretodo, a su encuentro y convivencia con tres personas de extraordinario devenir.
En un halo de misterio, tras legarnos los últimos destellos del romanticismo en obras como "Encuentro en Primavera" (1908) o "La Chisa Risueña" (1909), y recibir innumerables galardones, la trayectoria de Kent se vio truncada a mediados de 1910, fecha en que volvió a Canadá (por primera vez en más de cinco años) para contraer matrimonio con una amiga de la infancia. Cierto es que Kent no dejaría de pintar durante el resto de su vida, pero sus lienzos (al parecer, a iniciativa del pintor) ya no contaron con la difusión que le caracterizó en sus inicios.
¿Qué pudo motivar a un artista con tanto potencial a retirarse del camino hacia la gloria en pos de un bajo perfil?, ¿decidió que era el mejor momento para cambiar de rumbo?, ¿o acaso, durante más de veinte años, Theodore Kent buscó incansablemente -y por todo el mundo- esa verdad que todos los seres humanos anhelan para poder vivir en paz, para finalmente encontrarla en su ciudad natal, al lado del amor de su vida, y dedicado a una visión pura del arte, lejos de toda intención que no fuera satisfacer su propio espíritu?
El secreto, tal vez, se encuentra plasmado en los colores y trazos de Futuro. Un secreto que es también una larga y apasionante historia de los triunfos y fracasos de tres jóvenes de gran talento, y de la extraordinaria musa que les permitió forjar su destino.
Gracias a la colaboración de la reconocida historiadora, precursora de varias fundaciones en apoyo a jóvenes artistas y única descendiente del pintor, Dra. Lucy Elizabeth Kent, hoy sabemos de la estrecha amistad que siempre existió entre Theodore y una de las parejas más queridas por el pueblo canadiense: la conformada por el ex-Gobernador General de Canadá, Perry Miller, y la virtuosa actriz de teatro y cine mudo, Ilse Burnley. Amigos de la infancia, son de todos conocidas las historias de Miller, un sencillo peón de granja que lucharía por alcanzar las más altas tribunas del gobierno; de Burnley, hija de un médico de provincia que -afirmaba- nunca se sintió atraída por la actuación hasta casi terminar su adolescencia; y la del mismo Kent, otrora un pequeño enfermizo cuya dominante madre le impidió, durante muchos años, cualquier acercamiento formal al arte. Todos proveniendo de humildes hogares y sin demasiadas posibilidades de soñar con un futuro, es imposible explicar el por qué de su éxito, y es que la vida misma de estos tres grandes personajes no se entiende sin la presencia de un cuarto integrante que no sólo inspiraría cada uno de sus actos sino que, en sí misma, es una historia digna de ser contada.
Convertida en un mito canadiense del siglo XX, es difícil que un nombre como el de Emily Byrd Starr sea conocido fuera de las fronteras de la hoja de maple. De hecho, incluso en su país sigue habiendo regiones donde apenas se le ha oído mencionar, pero cierto es que esta oscura escritora fue pieza clave de un movimiento que tomaría por asalto el círculo de las letras canadienses hacia 1910. Sin apoyo de casas editoriales, y con sus propios medios, Starr publicó su primera novela, "Relatos de la Colina del Viento" (1908), en tan sólo tres ejemplares que, empastados por ella misma fueron de mano en mano, primero entre sus familiares, después entre amigos cercanos, luego entre toda su ciudad natal hasta que, en pocos meses, toda la Isla del Príncipe Eduardo se había dejado conquistar por la cálida historia Peg Applegate, una huérfana cuyos días cambiarían por completo al llegar a Windy Hill, su nuevo hogar y en el que no tardaría en transformar la vida de todos sus residentes.
Al igual que su esposo, Theodore Kent, la voz artística de Starr tenía poco que ver con el progresismo que tanto dominaba la literatura de principios de siglo. Heredera de Hawthorne, Whittman y Dickinson, su estilo era clásico, accesible para jóvenes y adultos, una historia emotiva y plena de admiración por la vida y la bondad humana, sin olvidar ese toque sobrenatural que llena a sus personajes de fe en el futuro y en fuerzas más poderosas que ellos.
Sin pretenderlo, Starr comenzó una revolución. Mostró a las inclementes editoriales que el verdadero éxito para un escritor no radica en la fama y fortuna, no está en la cantidad de ediciones que -con su nombre- puedan leerse en todo el mundo. El éxito, la misión, la razón de ser de un verdadero escritor, de un artista, está en satisfacer "esa voz" que le muestra lo que oculta "el otro mundo", ese de infinitas formas y posibilidades, ese donde habita el verdadero y eterno conocimiento. Esa voz, esas formas, esa verdad y ese conocimiento que no son únicos, sino de cada uno de nosotros… y es lo que hace que acercanos a la visión de cada artista sea una experiencia invaluable.
Como era de esperar, la visión de Starr fue compartida por cientos de escritores novatos y veteranos de todo el oeste de Canadá, dando origen a una reinterpretación del romanticismo, ahora adaptado a los albores del siglo XX y al contexto norteamericano. Inspirados por el legado de Starr en obras como "Relatos de la Colina del Viento", "El Primer Amigo" (1910), "Laberinto Azul" (1912), "Repique de Campanas" (1913), "Bosques del Noroeste" (1917) o su inspiradora compilación de poemas, "La Rosa Salvaje" (1920), todas publicadas con menos de veinte ejemplares en su tiraje original, cientos de jóvenes decidieron tomar el camino de las letras, forjando una generación de narradores y poetas que han puesto en alto el nombre de Canadá y que a su vez, gracias al desarrollo de la tecnología, han inspirado a los talentos del nuevo siglo.
Pero, ¿quién fue en realidad Emily Byrd Starr?
Aún a la distancia, la Dra. Kent reconoce que su madre fue siempre muy reservada al hablar sobre su infancia y adolescencia, probablemente debido a que tales experiencias eran el combustible de su obra. No obstante, afirma la Dra. Kent con una misteriosa sonrisa, Emily Byrd Starr poseía un secreto que pocos conocían; un don, una presencia en su vida que le permitía apreciar el mundo desde una perspectiva imbatible, lejos de cualquier concepto típico de victoria o derrota, de ganancia o pérdida, de vida o muerte. Esa voz, la búsqueda y lucha contra ese don que se convertiría en la esencia de su vida, fue lo que permitió a Starr transformar, aún desde la más tierna infancia, todo su mundo.
¿Qué era ese don que tanto brillaba en Emily Byrd Starr, una de las anónimas heroínas del siglo XX?
Tal vez nunca lo sabremos. Tal vez no tenemos por qué saberlo. Tal vez debamos buscarlo por nuestra cuenta en cada paso que damos, en cada palabra y cada gesto. Después de todo, vivir es un arte en continua perfección.
Sin embargo, una ligera pista al misterio en torno a esta musa podría hallarse en el epígrafe del primer ejemplar de "Relatos de la Colina del Viento". Dos delgadas líneas, casi ilegibles con el paso del tiempo, pero aún con mucho qué decir.
"A mi mensajera de primavera.
Dama del viento."






Por lo general vivimos invadidos por la rutina y perdemos la capacidad de maravillarnos con lo bello y cotidiano. En mi opinion ese gran don de los artistas, en especial de Emily es justamente jamas perder esa capacidad. Cuantas veces anhelamos atardeceres de lugares lejanos sin disfrutar los que tenemos cerca? la vida en la ciudad no ayuda… pero no hay que alejarse mucho, como siempre, la diferencia la marca la voluntad y la intensidad del espíritu.
Gracias NekoSan por transmitirnos esta obra