Making of a Goddess

Abril 4, 2009 | Blog, Notas del Día |

We loved, sir — used to meet:
How sad and bad and mad it was —
But then, how it was sweet!

- Robert Browning, Confessions (1864).

 

Prefiero iniciar afirmando que entiendo la repulsión que (¿buena?) parte del fandom siente hacia White Album. Puedo entender que muchos no sientan apego por los personajes, que se confundan por el carácter difuso del argumento e  incluso que se desesperen ante los sutiles (y muy frecuentes) silencios que poblaron esta producción de principio a fin.

Lo entiendo, pero no lo acepto.

Cierto es que la adaptación de uno de los eroge más emblemáticos (y poco reconocidos) de Leaf no fue lo que esperaba. Considerando el perfil de la obra original (con más de una década de añejamiento) y las tendencias en cuanto a versiones animadas del material que nos compete, yo apostaba por un White Album ligéramente más "comercial", probablemente una alternativa al trabajo realizado por Kyoto Animation en Kanon y AIR, pero cuál sería mi sorpresa al  observar (¡desde el primer episodio!) que Akira Yoshimura, Hiroaki Sato y los secuaces de Seven Arcs tomaron su trabajo con auténtica actitud heróica y, contra toda expectativa, hicieron suya la historia. Tomaron un típico triángulo  amoroso para convertirlo en un mosaico de sentimientos inconstantes, a contratiempo y en eterno duelo de poder, teniendo como escenario la burbuja económica mundial de mediados de los 80, el (breve) período histórico que marcaría el  principio del fin del siglo XX y del pináculo de la cultura popular: las idol.

Por eso afirmo que White Album no fue lo que esperaba. Fue algo completamente diferente. Porque hablar de White Album es abordar una ironía: el fin del romance, pues considerando el desarrollo de la sociedad global a partir de los  años 60 y el acelerado ritmo de vida que ya se empezaba a vivir en los países desarrollados, hablar de una relación amorosa con el mismo sentido y dirección con que se abordó durante los últimos 150 años empezaba a perder sentido; el  desarrollo de las megalópolis, las múltiples ocupaciones -y opciones de entretenimiento- que éstas ofrecían y las severas transformaciones en el panorama sociocultural (integración racial, revolución sexual, feminismo, etc.) convirtieron el happily ever after en poco menos que un cliché; por supuesto un efecto colateral de estos cambios, y que no se manifestaría plénamente sino hasta un par de décadas después (precisamente en los 80), sería una volatilidad generalizada de  sentimientos entre los jóvenes.

El tiempo libre, las decisiones, la familia, el trabajo… todo empezaba a transcurrir tan rápido y de forma tan inclemente que las relaciones de pareja dejaron de ser la base de un proyecto de vida para convertirse en remedio instantaneo  contra la que se perfilaba como la "enfermedad silenciosa" que aquejaría al mundo hasta nuestros días: la soledad entre la multitud, esa que surge de la rutina sobresaturada de las grandes urbes y crece ante la desesperación (muchas  veces inconsciente) de no poder hallar el tiempo y espacio suficientes para ser nosotros mismos. Así, ante la necesidad de "no estar solos", el proceso de conocer a la pareja con la finalidad de hallar un camino en común pasa a segundo plano.

Y así, en el punto donde convergen la apatía de la rutina, las frustraciones de una naciente vida adulta, la soledad enfermiza y el deseo sexual, el romance empieza a morir lenta y dolorosamente. Viviendo en un idìlico mundo de diosas (que  no se atreve a tocar, por miedo a profanarlas), Touya Fujii se nos muestra al inicio como un terrenal devoto de Yuki Morikawa, his everyday, la que siempre ha estado ahí para él, pero lo cierto (y no tarda en reconocerlo) es que Touya  prácticamente desconoce a Yuki: es en la distancia que provoca en ellos el trabajo (mundano, el de él; celestial, el de ella) y todos quienes les rodean lo que permite a Touya aceptar que Yuki no ha sido más que una presencia vacía, como un tesoro que siempre dio por sentado y que ahora, a lo lejos, es capaz de apreciar a detalle.

¿Qué fue lo que unió a Touya y a Yuki?

¿Fue amor?

¿Fue miedo?

¿Fue "el momento"…?

A Yuki Morikawa, la chica terrenal, se le presenta una oportunidad única: la oportunidad de convertirse en diosa. No la pasa por alto, pero es de tal decisión que se genera el conflicto y la confusión. Con su everyday a punto de  elevarse a los cielos y rodeado de diosas que le complacen, pero no lo satisfacen, Touya pierde el único punto de referencia concreto en su vida, aferrándose al menor indicio de estabilidad que puede encontrar. Y empeza a derrumbarse.

De ahí que hablar de White Album sea hablar no sólo de Touya o de Yuki, sino también de su controversial elenco. Todos llevados al borde de la locura por la incapacidad de ser ellos mismos y de actuar en sentido contrario a lo que  realmente desean. Misaki, Haruka, Mana… su interés por Touya aunada a la torpeza para asimilarlo las lleva a hacer (¡oh, ironía!) todo lo posible para alejarse de él. Yayoi… su interés por el bienestar de Yuki y sus propios temores la llevan a herirla en formas (aún secretas) jamás imaginadas.

Torpeza. Indecisión. Temor.

Seres humanos, al fin y al cabo.

Pero hablar de White Album es también hablar de esa fábrica de marionetas que es la industria musical y de dos contradictorias figuras que en ella se yerguen. Discretamente siniestro y cínico, Eiji Ogata acepta sin empacho que su  anticipado retiro de los escenarios se debió al aburrimiento, a la necesidad de emociones más fuertes y al ¿deber? de forjar un legado que el mundo pudiera apreciar por generaciones; Eiji sacrificó su identidad para convertirse en el  "poder detrás del trono", creador de dioses cuyo laboratorio ha sido su propia hermana, pero nadie puede hablar de Rina como una chica inocente y ajena al medio que le ha rodeado desde niña. Rina lo sabe todo: sabe que su hermano la  ha utilizado como herramienta, experimento en su camino hacia la pureza absoluta; sabe que el final de su carrera está cerca, que el surgimiento de figuras cada vez más jóvenes (y con mayor apoyo) terminará por opacarla; sabe que la vida de una diosa es vida que se ofrenda constantemente a sus devotos, que no hay más escenario que EL escenario, que no hay más personaje que la beldad que captura el lente de la cámara.

Rina Ogata lo sabe todo… y aún así, la diosa sigue añorando el día en que pueda bajar a la tierra, aunque le lleve la vida en ello.

White Album es la crónica de un juego perverso. Juego de procurar el bienestar del ser amado, lastimándolo. Juego de llenar el vacío en el corazón de millones, con espejismos. Juego del ensalzar el arte musical, pervirtiéndolo. Juego  peligroso que se vuelve emocionante, adictivo, enfermo. White Album es el nombre y la historia de una canción que se pierde en sus múltiples significados: el de una balada que deleita el oído ajeno y lastima el propio, el de cuatro minutos  con cuarenta segundos de placer fugaz (pero que es inevitable repetir, volviéndolos eternos), el de copos de nieve que nos hipnotizan al caer y nos paralizan al acumularse sobre el suelo…

El blanco de un álbum desierto. Pleno de posibilidades. Repleto de frustraciones.

Por todo eso White Album es sutil, discreta, elegante. Los personajes son contradicciones vivientes, pero el contraste sólo se hace evidente -y entrañable- cuando escuchamos lo que dicen a través de sus acciones, de sus gestos, sus  entonaciones… en suma, de todo aquello que no es verbal y que grita con tanta fuerza que ensordece la pantalla.

White Album exije del espectador devoción plena a cambio de una dolorosa recompensa, un sacrificio que pocos están  dispuestos a enfrentar.

A pesar de todo, la última pizca de polvo de nieve está por caer… y no puedo esperar para sentirla entre mis dedos.

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