タ・カ・RA・も・の :: 03 :: オレンジ/みかん
Qu’as-tu fait, ô toi que voilà
Pleurant sans cesse,
Dis, qu’as-tu fait, toi que voilà,
De ta jeunesse ?- Paul Verlaine, Le ciel est, par-dessus le toit (1881).
Lo que soy. Lo que no soy.
Lo que siento. Lo que no siento.
Lo que sientes. Lo que no sientes.
Lo que eres. Lo que no eres.
Lo que somos. Lo que no podemos ser.
Es muy fácil de entender. Fácil y grandioso. Fácil, porque no hay nada más sencillo que términos autoexcluyentes: se es algo, o no se es; se está en un lugar, o no se está; se cree en algo, o no se cree. Grandioso, porque algo tan simple ha sido el fundamento de nuestra civilización, el caldo primordial del que surgen todas esas "ideas claras y ordenadas" de las que tanto nos gusta presumir. Como si la meta se hubiera alcanzado hace siglos. Como si eso fuera todo. Como si fuera suficiente venir al mundo para tener "ideas claras y ordenadas"… y nada más.
Pero qué pequeños somos, qué pequeños nos sentimos al llegar el momento de la verdad. Momento del encuentro definitivo en que observamos, con asombro y un dejo de temor, que el juego de los contrarios no es sino una trampa, la semilla de un círculo vicioso que limita y nos aleja, nos hipnotiza con ilusión de conocimiento cuando -al final del camino- se revela como un muro que generaciones enteras han levantado por miedo a lo "otro". La vía desafiante. Camino de lo que es y no es… al mismo tiempo.
Principio de contradicción: lo que ES no puede NO SER y no hay más que decir. Estamos tan convencidos de nuestro castillo de naipes que olvidamos un pequeño detalle: lo que ES, ES sólo frente a lo que NO ES. La afirmación es tal sólo frente a la negación. Y visceversa. La vida tiene valor sólo cuando se enfrenta a la muerte. Y visceversa. La juventud se aprecia sólo de cara a la madurez. Y visceversa.
Doctrina de interdependencia: el arma capaz de acabar con el juego de contrarios, romper el círculo vicioso, derribar el muro. Dejar de ser, para SER y NO SER simultáneamente: opción lejana, imposible, ilógica en términos del mundo común y razón suficiente para que ese momento sea extraordinario porque ahí, en el instante en que somos capaces de observarnos con otros ojos, en el preciso instante en que nos sentimos distintos sin su presencia, en el definitivo instante en que concluimos que es en su compañía que nuestros pensamientos respiran, ahí, somos libres. Somos, no siendo.
Somos el otro. El otro es nosotros.
Y así se rompe Toradora!: con una muñeca destrozada bajo el cielo invernal. Peligroso juego de contrarios: explorar, comparar y diferenciar. Aparentar. Pretender para ganar, sin saber que entre más se compara y aparenta, entre más se intenta alterar nuestra imagen para que coincida con el reflejo que creemos observar en la mirada ajena, más nos alejamos de nosotros mismos y de nuestro objetivo.
Y así se rompe, afortunadamente, Toradora!: con dolor de un ciclo que termina y la oportunidad que ofrece un camino (hasta entonces) no considerado.
No el cielo para el Tigre, que tanto lo añora.
No la tierra para el Dragón, que tanto la desea.
Ese tesoro escondido que está en medio de ninguna parte; ahí, en medio de las sonrisas y disgustos de todos los días; ahí, en medio de las palabras de aliento y las críticas justificadas; ahí, en medio del "buenos días" y el "hasta mañana".
Ahí, donde cielo y tierra se reconocen parte del mismo mundo.
Sólo un instante, y el miedo vuelve a estar presente. Pero es un miedo distinto: no más miedo a "el otro", sino miedo a uno mismo. Miedo a decir "Yo Soy, Yo Estoy, Yo Quiero, Yo Hice, Yo Dije, Yo Dudé, Yo Erré, Yo Acerté…". Un miedo distinto.
Terror. Porque el Tigre cree que ese Yo lo alejará de todos.
Terror. Porque el Dragón cree que dejar de comparar y empezar a afirmar acabará con él.
Por primera vez, Taiga Aisaka y Ryuuji Takasu se temen a sí mismos, lo que solía ser su pilar. Tras su encuentro definitivo, la lógica de este mundo se han transformado en un doloroso obstáculo. ¿Vale la pena desafiarla en pos de un deseo que podría desintegrarse al tocarlo? ¿Vale la pena arriesgarse?
Nadie lo sabe ni puede saberlo. A fin de cuentas, la verdad es una experiencia personal, no un conjunto de fórmulas ni razonamientos en común. La verdad no es comunicable. La verdad, si se desea, debe alcanzarse con métodos propios y aceptar las consecuencias de fallar en su búsqueda. La verdad puede traicionarnos. La verdad puede destruirnos. La verdad puede liberarnos. Pero nadie lo sabrá por nosotros.
El Tigre y el Dragón han descubierto el camino que deseaban, no el que esperaban encontrar. Camino de identidad original: ser el otro, NO SER, para SER uno mismo. Y visceversa. Ser el amigo, para ser uno mismo. Y visceversa. Ser el padre, para ser el hijo. Ser la pareja, para ser uno mismo. Y visceversa.
No hay mayor aventura. No hay mayor satisfacción. No hay mayor reto.
Porque el Dragón, para SER el Tigre, debe primero ser Dragón.
Porque el Tigre, para SER el Dragón, debe primero ser Tigre.
Y Taiga parte, porque sabe que la verdad que tanto deseaba existe. Está ahí y ahí seguirá, aunque no pueda verla. Pero reconoce que para alcanzar esa verdad que le ha devuelto la vida, y para darle vida a esa verdad, ella misma debe SER. Ser para sí misma. Como Ryuuji lo ha sido. Para ser para Ryuuji. Como Ryuuji ha sido para ella.
Ahí, más allá de las palabras.
Ahí, en el reino donde naranjas y mandarinas son uno, lo contrario, y lo mismo.
Ahí, en medio de ninguna parte, donde un tesoro se esconde y se hace evidente.
タ・カ・RA・も・の
Así termina Toradora!, para volver a empezar. Juego de opuestos. Duelo de apariencias. Máquina de milagros. Heridas ocultas. Contradicciones válidas. Tiempo sin piedad.
Y la oportunidad de ser feliz de la forma más fácil y complicada.
A nuestra manera… y nada más.






viendo esa imagen se le hace dificil creer a uno que el cielo esta lleno de estrallas
“La ignorancia es una bendición, pero la verdad os hará libres”
Ambos fueron muy afortunados de darse cuenta a tiempo, de lo contrario, ese juego de opuestos hubiera sido su perdición.
Al final de cuentas, somos nosotros quienes fabricamos nuestra propia felicidad, no los demás.
No me gusto el final.
La segunda mitad del capitulo 25 es innecesaria y me defraudo totalmente. El recurso dramatico esta muy bien utilizado a lo largo de la serie, de a ratos se pone un poco histérico todo pero esta bien usado y el mensaje llega fuerte y claro y Koneko lo expresa muy bien en este articulo… sin embargo… eran necesarios esos ultimos 12 minutos y medio de angustia ridicula y sin sentido? Ya las promesas estaban hechas, los planes armados, nada justifica… no en el personaje sino en los autores que Taiga desaparesca sin avisar a Ryuji provocandole a el y a toda la clase dolor e incertidumbre en vano. Taiga no estaba dudando ni huyendo, si de verdad estaba enfrentando su problema habria al menos eso: avisado, al espectador, a su novio, a sus amigos. Me parece patetica la utilizacion del recurso dramatico en esos ultimos minutos solo para generar un sentimiento en el espectador similar a la cursileria hollywoodense pero en version dramatica. Con maestria se podria haber comunicado el mensaje de la felicidad (no rosa ni utopica, sino felicidad de tigre y dragon) sin recurrir a eso, por el contrario el mensaje del final (despues de los creditos) es a mi ver, insuficiente, no queda cerrada la tesis de lo que realmente opero en los personajes ya que la demuelen con esas actitudes de la segunda mitad del episodio. Se que no es facil mostrar escenas felicidad en la pantalla sin aburrir, el cine americano no puede darlo como un cardo no puede dar fresas, pero tenia mi fe en el anime, en esos minutos tenia mi fe en ESTE anime que me defraudo, si lo se, soy demasiado exigente, en esos ultimos doce minutos y medio que le hacen perder la coherencia a la historia entera, lo se, solo una actitud, solo un llamado telefonico que no se hizo para decir “estoy bien, solo quiero arreglar las cosas con mis padres pero volvere, esperame”, lo se… es solo eso… pero en la esencia del significado de la serie… es un “solo eso” demasiado grande. Es solo una opinion