タ・カ・RA・も・の :: 02 :: Holy Night

Marzo 28, 2009 | Blog, Notas del Día |

 

Dicen que murió esa noche.

Lo curioso es que estaba herida de muerte desde hace varios días, quizá semanas. Pero no lo sabía. Tal vez no quería saberlo. Tal vez pensó que la muerte llega no cuando el cuerpo cesa toda función, sino cuando la mente asimila y se resigna ante la propia partida. Tal vez, en lo más profundo, ella se negaba a reconocer que todo estaba perdido y por eso pudo pasar todos estos últimos días, días de nieve y sonrisas, caminando hacia el abismo.

Inmutable. Ultimando detalles del plan maestro para crear un milagro.

Ella. Tan pequeña y vulnerable.
Ella. Tan feroz y egoista.
Ella crearía un milagro.

Un milagro para quienes le mostraron que podía ser más de lo que ella creía.
Un milagro para todos y un tributo al recuerdo.
Un tributo de fe en que todos merecen un toque de magia una vez en la vida.

Todo parecía perfecto. Los regalos. El vestido. El maquillaje que no solía usar. El factor sorpresa. Ese cosquilleo en el corazón que le hacía desear que el tiempo fuese de prisa, más y más de prisa; hasta la primera sonrisa de la noche; de  prisa, hasta el momento en que todos puedan sentir la magia de la velada; de prisa, hasta que su ángel guardián, ese que llegó a su vida cuando menos lo esperaba, recibiera la recompensa que tanto merece.

Recompensa por un deseo que no se quebró ante las dificultades.
Recompensa por un apoyo y compresión incondicionales.
Recompensa por haber visto más que nadie.

Por encima de todo. Recompensa por ser. Recompensa por estar.

Y como una gigantesca secuencia de engranes, el milagro comenzó.

Con todos los elementos en posición, la magia ya fluía por si misma y ella, causa primera, Dios de un mundo de un día, se retiró.

Desapareció, pasando por alto un sencillo detalle en medio de la gran maquinaria que tanto tiempo le llevó construir.

Máquina de milagros y felicidad para todos… excepto para ella.

Nadie lo sabrá. Nunca.
Nadie escuchará del empeño y el esfuerzo. De la fe y los buenos deseos.
Nadie descubrirá la verdad detrás de cada sonrisa y cada sorpresa.

Verdad de este mundo: no hay recompensa que no sea la que nosotros ofrezcamos.
No hay retribución que no sea la que nosotros generemos.
No hay felicidad que no sea la que nosotros busquemos.

Pero ella no quería creerlo.
Para ella, las verdades de este mundo no bastaban.
La lógica, la razón y la crudeza no bastaban.

Ella quería creer. Ella confiaba en que la gran máquina de milagros bastaría para cumplir su pequeño deseo.

Una cadena de grandes milagros a cambio de un insignificante deseo.
Apuesta válida en términos del corazón. Jamás en los del mundo.

Ella creía… y el precio a pagar sería devastador.
Acabaría con ella y con todo lo que había construido hasta ahora.

Pero él no lo permitiría.
Él, que dio su palabra en protegerla hasta que el deseo de ambos de cumpliera.
Él, que no podía ver su sueño materializarse mientras ella camina hacia el abismo.

Y así, entre felpa y retazos de tela, el pequeño deseo se hizo realidad.

Entre risas sinceras y un dulce make-believe,
Santa evitó que la voz de su pequeña seguidora se perdiera en olvido.

Entre una brisa helada y calor de un verdadero hogar,
las verdades de este mundo (por ahora) habían perdido la batalla.

Es cierto: no hay felicidad que no sea la que nosotros busquemos.
Es cierto: las verdades prevalecerán sobre cualquier instante de magia.

Pero algo sucedió en ese momento.
Sucedió que algo que siempre había sido pasado por alto, fue descubierto.
Sucedió que una posibilidad había sido tan obvia, que nunca fue considerada.
Hasta ese momento.

Pero la máquina de milagros seguía su camino.
Santa debía tomar su posición en la sincronía de engranes, so pena de que todos los esfuerzos de su Creadora hayan sido en vano.

Lo vio partir. Siempre torpe. Siempre ansioso.
Como siempre.
Vio partir al amigo. Siempre atento. Siempre gentil.
Para siempre.

Y ese fue el momento.

En un instante, la herida que nunca vio empezó a sangrar.
Profusa, dolorosamente.
En un instante, su rostro y su pecho se vieron empapados de transparente carmesí.

Había sido un error imperdonable.
Crear una máquina de milagros a costa de su propia felicidad.

¿Y a quién le importaría?
¿Y quién la lloraría?
¿Y quién tendría piedad de la Princesa Feliz?

Y así, agonizante, sangrando sin parar,
el Ángel de Navidad corrió con todas sus fuerzas,
buscando detener el último engrane de la máquina.

Dicen que murió esa noche.

Sola. Resignada.

Murió con el mundo de un día que ella misma creó.
Pero murió sin saber que el último engrane de la máquina,
ese que marcaría su existencia para siempre,
nunca se activó.

Y murió esa noche, para ver nacer un nuevo día.
Un día más.
Y una última oportunidad para tomar el lugar de ese último engrane.

Después de todo, nadie más lo hará.

Después de todo, ella no era la misma.

Algo había sido descubierto.
Algo que no venía de las verdades del mundo ni del reino de la magia.
Algo que no pertenecía al cielo ni a la tierra.

Algo distinto. Algo nuevo. Algo único.

Tal vez, el único y auténtico milagro.

2 Nekomentarios »

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  1. Escrito por shadow-the-hedgehog, 03/29/09 @ 11:10 am

    muchas veses las cosas que en realidad estan tan cerca que no las vemos hasta que se alejan lo suficiente para darnos cuenta

  2. Escrito por Syaoran Li, 03/31/09 @ 4:28 am

    “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”

    No hay mejor forma para describir todo lo que has dicho aquí; en especial si tomamos en cuenta de qué forma se fue consumando el milagro de principio a fin. “Si realmente amas a alguien, debes dejarlo ir; y si esa persona no regresa, es que ese amor no estaba destinado a ser…” también puede aplicar a esta situación, siempre y cuando el ángel acepte que no debe sacrificar su felicidad en pos de los demás.

    Y la estrella se rompe en mil pedazos, al igual que su corazón.

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