Take off! III :: Triangular
Quiero vivir…
Quiero vivir…
¡Quiero seguir viviendo!¡Quiero vivir!
Y aunque pierda mi camino,
Y me desvanezca en un haz de luz,
Hasta que logre mostrarte mi verdadero ser,
No me rendiré.- Sheryl Nome & Ranka Lee, Lion
El mundo terminó una vez. En 1914.
Al menos, eso cuentan quienes aún lo recuerdan. Y no es que antes de esa fecha el mundo haya sido un paraíso. Jamás lo ha sido. Pero aún en los más grandes conflictos cabía cierta noción de honor, de lealtad, de valentía, de sentido. Aún en medio del inmisericorde campo de batalla había lugar para los héroes, para las causas justas. A pesar de la tragedia, la esperanza de que todo cambiaría para bien se mantenía viva. Hasta 1915, la humanidad se había permitido vivir en un romántico estado de ingenuidad, en la firme creencia de que no podrían aquejarles mayores conflictos que los que ya habían padecido. Que el mundo, sus naciones, sus ciudades, su gente. Que todo sería para siempre.
Pero todo cambió el 14 de junio.
Sin saber por qué, sin una razón concreta, bajo la excusa del atentado en contra del archiduque Franz Ferdinand, millones de jóvenes de muchas partes del mundo se vieron obligados a abandonar sus hogares para enfrentar a un enemigo sin rostro, lejano, contra el que no tenían resentimiento alguno, pero que les había sido señalado como una "amenaza para el mundo". Así, a casi cien años de la conflagración que sentó las bases del mundo moderno, la llamada "Guerra de todas las Guerras" había llegado, aunque en esta ocasión no tendría el progreso y los ideales humanos como consecuencia, sino la discordia, la paranoia, el pacifismo fundamentalista, una completa desilusión por el estado -y futuro- de la humanidad que sigue presente en nuestros días.
"Generación Perdida" se suele llamar a los jóvenes y adultos, hombres y mujeres que se vieron involucrados -directa o indirectamente- en la guerrra, que perdieron sus vidas o que lloraron la muerte de incontables seres queridos, viendo cómo el otrora glorioso siglo XX se desvanecía entre pólvora y cenizas.
Hans Leip fue uno de ellos.
Apegado a la ética y valores que atañen a su profesión, este joven maestro de escuela de Hamburgo recibía con gran optimismo el panorama social, tecnológico, económico y cultural que el nuevo siglo traía consigo; pero había "algo" que impedía que Hans se viera -como muchos de sus contemporáneos- sumergido en un sueño, y es que el joven estaba profundamente enamorado de Betty (cariñosamente llamada "Lili"), la inocente y hermosa hija de un comerciante local, lo que no hubiera supuesto mayor problema de no ser porque Hans empezaba a sentir "algo más" por Maureen, una hermosa y audaz enfermera que conociera poco tiempo atrás y con quien ya compartía un estrecho vínculo.
Indeciso, Hans se veía atormentado día y noche por la imagen y recuerdo de las dos mujeres que podrían definir su destino. Sin embargo, este curioso y anónimo trángulo (como tantos que han existido, existen y habrán de existir) se vería fracturado a mediados de 1914, cuando Hans debió ingresar a las filas del ejército del Imperio Alemán aunque, como era de esperar, aún en su cuartel o desde la trinchera, el joven profesor no podía ignorar los latidos de su corazón y así, buscando la forma de que el recuerdo de la sonrisa de Lili y la calidez de las manos de Maureen estuvieran siempre a su lado, se propuso unirlas en una misma figura, una dama capaz de evocar la misma intensidad, la misma fortaleza que sentía al pensar en ellas.
Y surgió Lili Marleen, un nostálgico poema que narra la historia de un joven soldado que debe abandonar un gran amor para cumplir con su deber en el campo de batalla. El último instante de la última velada que dos amantes logran compartir, antes de que el mundo los separe para siempre.
Enviado al frente ruso, Hans pisaría nuevamente suelo alemán en 1918, pero jamás volvería a encontrarse con sus amores de juventud. Resignado, el ahora veterano decidió tomar el camino de las letras y dedicarse a la poesía. Como muchas de sus creaciones, Lili Marleen no sería publicado sino hasta casi dos décadas después, ahora bajo el título "Canción de un Joven Centinela", llamando de inmediato la atención del compositor Norbert Schultze quien, modificando ligéramente la obra original e incorporando una suave melodía, convertiría a Lili Marleen en una poderosa canción que, tras haber sido rechazada por varios intérpretes, llegó a manos de una joven cantante de burlesque llamada Lale Andersen.
Atraída por el tema, Lale grabaría Lili Marleen a finales de 1939. No obstante, el inicio formal de la segunda gran guerra permitió que se vendieran únicamente 700 copias en Berlín y comunidades aledañas.
Hasta este punto, todo indicaría que Lili Marleen (como infinitas creaciones artísticas) perecería ante la prioridad y alarma que supone un conflicto bélico, pero nadie hubiera imaginado que dos años después, con la ampliación de las comunicaciones del Tercer Reich, el triste relato de una pareja separada por la tragedia se convertiría -poco a poco- en la canción más escuchada en todos los territorios ocupados por el ejército alemán. En las barracas, en las cantinas, en los tanques, en las trincheras, en las oficinas, a pesar de los esfuerzos del Régimen Nazi por impedir la difusión de una canción "tan demoníaca y detestable", todos hablaban de aquella noche triste, "bajo la luz de una linterna, en que dos sombras se unieron, y el tiempo se detuvo".
Incluso el gran Erwin Rommel, consciente de que la melodía fortalecía la moral de sus subordinados, evocando en ellos recuerdos del hogar y dándoles una razón para seguir con vida, invitaba a que las radiodifusoras cercanas a los cuarteles del Afrika Korps transmitieran todas las noches -y sin falta- la sensual voz de Lale Andersen interpretando Lili Marleen, fenómeno al que tampoco podrían resistirse los jóvenes seguidores del Duce e incluso los partisanos italianos, quienes no tardarían en generar su propia versión.
Pero eso no fue todo. Cercanos a las líneas enemigas, soldados franceses, ingleses, canadienses, rusos y norteamericanos no podían evitar escuchar, noche tras noche, las dulces estrofas de Lili Marleen y, aún sin conocer el significado de la letra, se dejaban llevar por la melancólica melodía. Sin embargo, y a pesar de las intransigentes políticas de sus respectivas unidades, cada ejército no tardaría en adaptarla a su propio idioma, derivando en incontables grabaciones.
Así, para el verano de 1944, sin distinción de territorio, filiación política, género, edad o nacionalidad, Lili Marleen era la canción más escuchada en todo el planeta. De Wellington a Tokio, de Manila a Moscú, de Belgrado a El Cairo, de Berlín a París, de Londres a Madrid, de Oslo a Washington, con la humanidad envuelta en la catástrofe más grande de la historia; en medio de la muerte, la pobreza y la devastación todos podían estar seguros de que alguien, en todo momento y en cualquier lugar, recordaba a la fatídica pareja de enamorados con un dejo de nostalgia… y de esperanza.
Para mediados del siglo XX, el "progreso" que muchos alababan cuatro décadas atrás se había convertido en combustible para el fin del mundo, pero fueron esos mismos avances, ese mismo desarrollo lo que permitió algo que nunca antes, en más de 2000 años de historia humana, había sido posible. El mundo que había sido separado por la fuerza de las armas se hallaba, al mismo tiempo, unido por la fuerza de una canción, una canción de amor, el simple deseo de un joven que se negaba a olvidar, en medio de la sangre y la pólvora, que siempre habrá una razón para seguir aquí, para seguir de pie.
Por encima de las fuerzas que llevaron este planeta al caos absoluto, más allá de la barrrera del languaje y del absurdo nacionalismo la humanidad, sin planearlo, sin saberlo, reforzó el inmenso poder de la música con el de una imagen concreta, un deseo único (de volver a casa, de abrazar a los suyos), despojando a la música de cualquier elemento alienador para convertirla en un común denominador universal, en un movimiento sin líderes, sin propósito predefinido, pero capaz de unir conciencias. Un acontecimiento por demás extraordinario si consideramos que la música o la misma habilidad de cantar no son naturales.
Los seres humanos no fuimos hechos para cantar y, sin embargo, lo hacemos. Hemos hecho nuestro el poder de la música de la misma forma que hemos hecho nuestros el cielo y el mar, aún y cuando nuestro cuerpo no fue creado con otra finalidad que la de sobrevivir en tierra firme. Al cantar, la humanidad transgrede sus límites, las reglas que la misma naturaleza le ha impuesto para aspirar a nuevas fronteras, para conquistar lo desconocido, para desafiar esa lapidaria frase que el universo parece gritarnos a cada minuto: que estamos condenados a estar solos.
La música es rebelión, es libertad, es búsqueda. La música es fuerza en estado puro, y por eso necesita el apoyo de otra fuerza igualmente poderosa para enfocarla hacia un objetivo, para lograr que toda esa fusión de sonidos, ritmos, tonos y beats se conviertan en nuestra voz y sirvan a nuestro deseo de comunicar, de establecer un vínculo con otros, de saber que no estamos solos. Esa otra fuerza es la imagen, el factor que permite que ese estallido de significados, que es la música, sirva a un propósito específico y que puede ir desde el objeto que inspira la creación de una melodía, su título, el momento en que nos encontramos cuando la escuchamos por primera vez o, sobretodo, la apariencia y actitud de quien la interpreta.
La música y la imagen son una gran fuerza, pero todo tiene un precio y, así como tienen el poder de unir conciencias, también lo tienen para manipularlas y guiarlas hacia su propia destrucción.
Desde tiempos antiguos, la música y la imagen han sido una herramienta indispensable para difundir un sentimiento nacionalista y de lealtad hacia las esferas de poder, un pilar para preservar el statu quo y la moral de las fuerzas armadas. Aún en las dos grandes guerras del siglo XX, y en ambos bandos, cánticos de batalla eran escuchados en cines, a la par de filmes con soldados "marchando hacia la victoria final". Cualquier melodía que no estuviera al servicio de la guerra estaba prohibida para los jóvenes conscriptos, pero Lili Marleen traicionó este propósito sin mayor promoción que la emoción que un corazón emocionado puede transmitir a otro; por primera vez, y a escala global, los deseos de la humanidad asumieron su lugar en el vértice que -junto con la música y la imagen- conforman el triángulo que puede trascender todo conflicto.
Un triángulo. Como el que ubicó a Hans Leip en una agridulce encrucijada entre la ternura de Lili y la pasión de Marleen.
Nuevamente un triángulo. Como el que ubicó a Hikaru Ichijoo entre el dinamismo de Lynn Minmai y la madurez de Misa Hayase.
Como el que ubica a Alto Saotome entre la calidez de Ranka Lee y la determinación de Sheryl Nome.
En armonía con este contexto, Macross Frontier concibe la fusión entre música, imagen y voluntad humana como uno de los más grandes legados del siglo XX, el único método para generar una cultura sin fronteras, una voz que nos defina como raza humana y no como un grupo de naciones en tensa tolerancia. Sin embargo, no hay capítulo de esta saga que pase por alto que, de caer en manos equivocadas, el influjo universal de la música y la imagen puede aumentar la discordía o servir a los intereses de unos cuantos.
Hoy por hoy, como muchas otras formas artísticas, la música necesita el apoyo de una maquinaria comercial que permita no sólo difundirla a un mayor número de personas (porque aún la música no tiene sentido si no hay alguien para escucharla), sino también para perfeccionar la imagen que reforzará las ideas que originaron la melodía e incluso para dar cabida a nuevos talentos que, inspirados por las voces de hoy, están dispuestos a seguir el mismo camino. Por supuesto, la eficacia de este sistema se basa en un frágil equilibrio entre todos los involucrados y en la sinceridad de los sentimientos que se desea comunicar; si la mercadotecnia o las esferas de poder imponen su voluntad sobre la obra original, manipulándola, no sólo obtendremos una melodía artificial, deforme, sino también peligrosa, dado el inevitable influjo que tendrá sobre la sociedad.
Así, Frontier nos ofrece -a primer vistazo- dos extremos de un amplio espectro de emociones en conflicto. Nos presenta a Sheryl Nome como una figura consumada, imbatible, plena de una seguridad que transmite -en todo momento- a través de sus interpretaciones, pero todo cambia al descubrir que detrás de esa fortaleza no había mas que una fórmula, un plan del que ella sólo fue una herramienta temporal. Reconociendo que el único pilar que sostenía su vida era sólo una ilusión, Sheryl se derrumba. En un instante, la voluntad que mantenía el equilibrio (el triángulo) en Sheryl desaparece y -con ella- toda intención de vivir (porque vivir no es seguir con vida, es forjar nuestro propio camino).
Y el Sistema, una vez que Sheryl cumplió su propósito, la desechó.
Pero también nos presenta a Ranka Lee, una estrella ascendente cuya sencilla y cautivante personalidad le permite establecer de inmediato un íntimo contacto con el público, pero cuyo cuento de hadas se desvanece al percatarse de que su imagen alegre y desenfadada ya no es coherente con sus sentimientos o con su voluntad. En un instante, Ranka había dejado de ser la hermana, la amiga, la mesera, la adolescente soñadora para convertirse en voz de la esperanza en Frontier, un sueño que se rompe al observar que su voz fue la semilla de una tragedia. Confundida, Ranka tampoco tarda en perder su voluntad, convirtiéndose en presa fácil de quienes utilizarían su talento para otros fines y después, implementado su proyecto, desecharla.
En ambos casos, la voluntad humana es opacada por el proyecto egoísta de quienes debieron apoyar y guiar la visión que el intérprete ofrece a través de su obra. En ambos casos, sin importar el talento o las apariencias, permitir que otros elijan nuestro camino a seguir (y cómo y cuándo seguirlo) es el primer paso hacia la muerte.
Devastadas. Confundidas. Traicionadas. Sheryl y Ranka encuentran en Alto la fuerza para sanar su espíritu y reestablecer su voluntad. La otrora omnipotente hada encuentra en el joven piloto a la única persona capaz de ver más allá de los reflectores y el maquillaje, la única persona dispuesta a permanecer a su lado y brindarle su apoyo no por lo que ella representa, sino simplemente por ser Sheryl Nome, sin mayores atributos. Por otra parte, la otrora frágil princesa, confundida entre un pasado trágico y un presente inestable, convierte a Alto en el punto de referencia -el único que necesita- para definir el rumbo a seguir.
Al final la voluntad humana, el vértice más frágil e indispensable del triángulo (porque la música siempre está ahí, y la imagen siempre puede ser creada) se mantiene en pie gracias tanto a la confianza en nosotros mismos (seguridad en nuestras capacidades, conocimiento de nuestros defectos) como a la necesidad de proteger y amar a nuestros seres queridos. Ambos son necesarios, insustituibles. De ahí la importancia del equilibrio entre música, imagen y voluntad como una fuerza deculturizante y culturizante, una fuerza que derrumba fronteras, nos despierta y nos brinda una identidad propia; una voz que nos habla con la verdad, que no olvida que los seres humanos estamos solos (lo hemos estado por miles de años), pero que es gracias a esa eterna soledad que somos capaces de amar.
Una vez que la música, la forma de expresión más cercana al espíritu humano (que no necesita mayor formación para sentirla que simplemente "ser"), queda en manos de quienes la emplean como herramienta para manipular o intimidar, no habrá nada que no puedan controlar.
Al final, Sheryl y Ranka se reconocen como caras opuestas, sí, pero de una misma moneda. Dos voces distintas, dos personalidades distintas, dos métodos distintos de comunicar, pero con un mismo mensaje. La raíz de su conflicto no fue el proyecto de quienes estuvieron dispuestos a manipularlas y sacrificarlas, sino la propia incapacidad de una chica para reconocer la existencia de la otra; aceptar que la llegada de una nueva voz no significa que el rol de la figura consumada terminó, sino que hay una alternativa que invita a la superación; aceptar que la presencia de los gigantes que nos inspiraron no debe ser objeto de intimidación, sino de continuo aprendizaje; aceptar que el futuro no tiene por qué imponerse sobre el pasado, ni tampoco éste ejercer eterno influjo sobre el presente, porque el pasado siempre será símbolo de la experiencia, porque el futuro siempre será símbolo de la idea.
Aceptar que fue gracias al amor que Ranka siente por Alto, que Sheryl descubrió lo mucho que ella también lo ama.
Aceptar que fue gracias al amor que Sheryl siente por Alto, que Ranka descubrió lo mucho que ella también lo ama.
Aceptar que fue gracias a la presencia de ambas chicas que Alto (atrapado entre preservar el legado de su padre o hallar el infinito cielo azul que siempre soñó) encontró las respuestas que tanto necesitaba.
Al final, eso único que nos impide alcanzar el equilibrio. Aceptar que el otro, que los otros existen. Aceptar que el planeta existe. Aceptar que hay muchas maneras de decir "te amo". Aceptar que las diferencias existen, que son necesarias. Aceptar que no siempre se puede ganar; que no siempre es necesario ganar. Aceptar que todos estamos aquí, solos, sin otro lugar a dónde ir.
Aceptar que, a menos que hagamos nuestro el derecho -y la responsabilidad- de elegir nuestro propio camino, cualquier opción -tarde o temprano- derivará en conflicto.
Tal es la tarea de quienes tienen el poder de conjugar música, imagen y los más nobles deseos que la voluntad humana puede generar. Tarea que deben cumplir en todo momento, tanto en períodos de paz (en que es muy sencillo hablar a placer) como -sobretodo- en tiempos de conflicto.
Cantar. Más fuerte que los gritos de odio y dolor.
Cantar. Más fuerte que los estallidos y los disparos.
Cantar cuando nadie quiere oír cantar.
Porque no sabemos cuándo llegará el final.
Porque siempre habrá algo qué decir.
Porque todos quieren amar a alguien.
Porque la música no es un acto natural. Es un acto nuestro. Humano. Como volar. Como navegar.
Cantar. Porque no sólo se opone a lo que se espera de nosotros. Lo supera.
Cantar. Porque no es propio de un adulto. Sino de un ser humano.
Tal es ha sido, a juicio del que escribe, y por más de 25 años, la esencia del Universo Macross. Un mensaje tan sencillo, pero que se ha visto representado -bajo diversas formas- a lo largo de más de un cuarto de siglo por una razón igualmente sencilla: aún no ha sido escuchado del todo. Por eso tengo la plena seguridad de que, a pesar de los años, a pesar del paso de generaciones, ese mensaje seguirá luchando -una y otra vez- por hacerse escuchar… hasta que ya no sea necesario.
Porque no hay palabras más poderosas, y que concentren toda la fuerza de este extenso relato, que las que cualquier corazón joven -en cualquier lugar del mundo- está dispuesto a gritar para forjar un nuevo camino.
Su camino. Que es el camino de todos.
Watashi no uta wo kike!!!






Guau simplemente guau sensei. Realmente he quedado impresionado (especialmente por la introducción). No se como seguir, simplemente disfrute leyendo esta entrada. Macross F fue algo que s que me marco de forma más profunda, que muchas otras historias pasadas, quizas porque siento aquella intensidad, aquellas voces que llegan desde más alla de esta galaxia. Algo nuevo nacío con esta historia y en el futuro me pregunto como reaccionare ante las nuevas voces, ante el nuevo viaje.
“Porque su amor nunca conocerá límites…”
Quizás el mensaje puede ser sencillo, no por eso será menos importante. Macross nos ha dejado un legado que sin duda alguna será difícil de olvidar, no sólo por esa extraordinaria combinación entre imagen y música, sino por la amplia gama se sentimientos que es capaz de evocar en cada melodía, porque ninguna es menos importante que otra. Desde Lynn Minmay hasta Ranka Lee y Sheryl Nome; las melodías que han dado a conocer fueron capaces de transcender más allá de un corazón; valiéndose de ese mismo sentimiento que desean compartir. La música es un arte misterioso, capaz de conseguir lo inesperado, de apaciguar un corazón enfurecido, de evocar melancolías y recuerdos del pasado con el fin de renovar nuestro espíritu.
La música en verdad es misteriosa… por eso me encanta.
Que análisis más profundo y verdadero mi estimado, sólo puedo felicitarte y reconocer desde lo más profundo de mi alma que el poder de la música trasciende idiomas, credos, fronteras y razas… no sabes como he disfrutado cada parte del mismo, desde la historia de esa canción inmortal (Lili Marlene), hasta lo que significa la música en el Universo de Macross y lo que significa la música misma para los seres humanos…
Considérame un fiel lector de tus páginas de ahora en adelante y nuevamente mis felicitaciones por tan excelente blog y sobre todo por tan buenos artículos…
Saludos desde Lima, Perú.
ラファエル