The Alpine Path :: Prólogo (Parte II) :: Maud of New Moon

Julio 2, 2008 | Kaze no Shoujo Emily |


Lift up, thy dewy fringed eyes,
Oh little Alpine flower
The tear that trembling on them lies
Has sympathetic power
To move my own, for I, too, dream
With thee of distant heights
Whose lofty peaks are all agleam
With rosy dazzling lights.

Who dreams of wider spheres revealed
Up higher near the sky
Within the valley’s narrow field
Cannot contented lie
Who longs for mountain breezes rare
Is restless down below
Like me for stronger, purer air
Thou pinest, too, I know.

Where aspirations, hopes, desires
Combining fondly dwell,
Where burn the never-dying flowers
Of Genius’ wondrous spell.
Such towering summits would I reach
Who climb and grope in vain,
Oh, little flower, the secret teach
The eary way make plain.

When whisper blossom in thy sleep
How I may upward climb
The Alpine Path, so hard, so steep
That leads to heights sublime.
How may I reach that far-off goal
Of true and honored fame
And write upon its shining scroll
A woman’s humble name.


- Anónimo

To the Fringed Gentian


En su más pura acepción el camino del artista es, sin duda, de muchos desafíos y dudosas recompensas. En primer lugar, está el desafío de calmar su corazón, guardar silencio y escuchar su propia voz, descifrar lo que -entre murmullos- esconde ese alter ego que, tal vez desde el momento mismo del nacimiento, ha luchado por salir a la superficie y gritar lo que por mucho tiempo había callado. Ciertos individuos llegan al mundo con dicho alter ego a flor de piel, pero hay otros en que sólo se manifiesta al cabo de muchos años o de ciertas experiencias.

Sin embargo, aunque plenos de un don, los primeros estallidos del alter ego no son sino balbuceos. Se trata de un diamante en bruto sobre el que es indispensable trabajar, pues la habilidad puede ser natural, pero la destreza y la auténtica maestría sólo se obtiene a través del siguiente desafío: dar forma al alter ego, someterlo a las (casi siempre) fastidiosas pero necesarias cadenas de la técnica, obligarlo a conocer el camino que otros tantos labraron antes que él.

Así, al cabo de un tiempo (para algunos poco, para otros toda una vida) de intensas observaciones, de aprendizaje teórico y empírico, el alter ego y el ser humano original se reconcilian y entonces, sólo entonces, empieza a esbozarse la silueta del artista entre primeros intentos, llenos de intensidad y voluntad, pero de los que sólo es rescatable una décima parte. El esbozo de artista empieza imitando a los grandes, pero en sus ejercicios de imitación (consciente o inconscientemente) ya desea brillar con luz propia, labrar su propio camino… pero aún no es el momento.

Y es en medio de este complejo proceso que se hace evidente otro desafío: el del medio ambiente que rodea al artista y de quienes lo integran, en ocasiones caracterizado por una familia que no encuentra utilidad práctica en la (hasta ahora) vocación del dotado, por un contexto sociocultural que se opone a las formas hacia las que el esbozo de artista empieza a sentir afinidad, por una situación económica o personal que le impide dedicar el tiempo necesario a su formación…

Años, muchos años pueden pasar antes de que los jóvenes artistas logren abrirse paso entre estos y otros desafíos. La mayoría no lo logra: caen abatidos ante el mundo o ante la incapacidad de definir su voz. Y aún entre quienes obtienen la fortaleza y sabiduría necesarias para emprender la odisea, los desafíos jamás les darán tregua y continuarán asechándolos hasta el fin de sus días.

Así, el camino del artista se asemeja a un sendero alpino, un infinito camino ascendente, empedrado, incluso peligroso, por el que sólo unos cuantos (los que han decidido basar su vida en su don, los que no se satisfacen con lo evidente) se atreven a cruzar a sabiendas de que podrían morir sin haber llegado a ninguna parte, que no significa alcanzar fama y fortuna (elementos que no son sino aderezos del camino), sino realmente haber dado una respuesta satisfactoria a la "pregunta original", esa que cada uno de nosotros (artistas o no) nos planteamos desde el momento en que tomamos consciencia de quienes somos y del mundo en que decidimos vivir.

Por supuesto nadie, excepto el artista, puede hablar del proceso que rodeó su formación (o rodea, puesto que nunca termina de aprender), y si el autor se atreve a escribir estas líneas es porque no hago sino retomar lo que Lucy Maud Montgomery reveló sobre su propia experiencia a través de las páginas de sus tres más íntimas creaciones: Emily of New Moon, Emily Climbs y Emily’s Quest.

Hacia 1921, gozando de pleno prestigio como escritora, intentando equilibrar su vida entre un matrimonio encaminado al desastre, su rol de madre, su labor como esposa de un ministro presbiteriano, los crecientes conflictos con sus editores y el propio espacio que todo artista merece para dar rienda suelta a su talento, una Maud de 43 años esta decidida a poner un punto y aparte en su trayectoria, despedirse para siempre de Anne y empezar a delinear una nueva heroína.

Escribe Maud -con gran ánimo- en su diario, el 24 agosto de 1920:

"I am done with ‘Anne’ forever -

I swear it as a dark and deadly vow (…)

I want to create a new heroine now — she is already in embryo in my mind — she has been christened for years.

Her name is Emily. 

She has black hair and purplish gray eyes.

I want to tell folks about her. "


No era la primera vez que Maud se alejaba de Anne para crear otros mundos, lo había hecho hacia 1910 para adaptar una de sus primeras historias cortas, Una of the Garden, en una novela que llevaría por título Kilmeny of the Orchard (la historia de un profesor que llega a una comunidad de PEI y se enamora de una joven muda con gran talento para el violin) y también entre 1911 y 1913 para dar vida al nostálgico edredón de peripecias infantiles que se convertirían en The Story Girl y su continuación, The Golden Road, ambas basadas en los años que vivió al lado de sus queridos primos. Sin embargo, consciente de que Anne se estaba convirtiendo en un obstáculo y objeto de discordia entre sus editores, Maud tomó la decisión de terminar su relación con Anne Shirley a través de Rilla of Ingleside, novela en que una Anne madura se deja ver con frecuencia pero cuyo núcleo es Rilla Blythe, su hija menor que -a punto de cumplir los 15 años- experimenta en carne propia la angustia de ver partir a sus hermanos y amigos hacia el frente inglés de la primera gran guerra (conflicto que, cabe decirlo, preocupaba sobremanera a Maud, quien en su estudio incluso tenía mapas de Europa donde detallaba -gracias a los diarios- el movimiento de las tropas)…

Rilla of Ingleside fue publicada en 1921 y Emily, que ya empezaba a tomar forma en la mente de L.M. Montgomery, se convirtió en la nueva prioridad profesional de su autora. Pero decir que Emily vino al mundo como cualquier otra idea sería injusto. Hacia 1918, Lucy Maud empezó a padecer severas depresiones producto de sus innumerables problemas, no obstante, en ningún momento llegó a mostrarse triste, desesperada o apática frente a otros, todo lo contrario: sus familiares, los miembros de su congregación, sus crecientes seguidores… a todos admiraba el apasible, empático y amable proceder de Maud (propio, se decía, de la autora de un lugar tan mágico como Avonlea), pero lo cierto es que su fatídico matrimonio (con un esposo, Ewan MacDonald, con severos colapsos nerviosos), la disputa legal con L.C. Page -su primer casa editorial- por los derechos de Anne of Green Gables y la injustificada publicación de sus primeras historias cortas (compiladas bajo el título de Further Chronicles of Avonlea), deudas de familiares lejanos que se veía moralmente obligada a pagar y la terrible muerte de su mejor amiga y confidente, su prima Frederica Campbell, en 1919, hicieron que Maud (ahora radicando en Ontario) empezara a añorar -con más fuerza que nunca- sus años de infancia, adolescencia y joven adultez en la Isla del Príncipe Eduardo.

Desde que se familiarizó con la pluma, la tinta y el papel, Maud siempre llevó un diario para comentar a placer toda clase de experiencias. Hábito que ejerció por más de medio siglo, hay quienes afirman que los diarios de Lucy Maud Montgomery son su creación más importante, pues no se trata de meras impresiones al azar sobre la rutina: los diarios de Maud (que fueron hechos públicos, a partir de 1985, en cinco volúmenes) fueron escritos con un estilo narrativo tan fino y detallado que pareciera que la niña/joven/mujer que los escribe fuese un personaje de novela. El esmero y precisión con que Maud confesaba sus acciones y más profundos pensamientos a un testigo de celulosa lleva a pensar que Lucy Maud, la mujer que naciera en PEI en 1874 y se educara en un ambiente estricto e intransigente, "moldeó" su personalidad para adaptarla a la Lucy Maud que protagonizara los diarios, una mujer libre y decidida que jamás dudo en emitir críticas, que llegó a dudar de su fe, que no temía al quédirán, que odiaba y amaba profundamente…

Presa de la nostalgia, hacia 1917 Maud había empezado a recopilar sus primeros diarios y se percató de la enorme cantidad de material que ahí se encontraba, toda una vida de palabras que L.M. Montgomery emplearía como base para una novela que, aunque no puede catalogarse como autobiografía, sí es posible apreciarla como el muy complejo testimonio de un artista, un documento literario en que Maud ofrece todo el proceso que padeció antes de conciliar términos con el alter ego que le hizo obsersionarse con las palabras, los nombres -y sus infinitas combinaciones- desde muy pequeña; un documento literario en que Maud aborda todas las fuerzas (físicas y abstractas) que le motivaron a desafiar al mundo en tinta y papel; un documuento literario en que Maud reveló -entre guiños y pistas- a la Lucy Maud que nadie conoció pero que siempre estuvo ahí: una Maud fúrica, agresiva, anárquica, apasionada, misteriosa; pero también un documento literario en que Maud dibujó a la Lucy Maud Montgomery que le hubiera gustado ser, las experiencias que le hubiera gustado vivir, la fuerza que le hubiera gustado tener para tomar (en segunda oportunidad) las decisiones correctas; y, no menos importante, un documento literario que habla directamente a quienes desean seguir sus pasos… pero no hablamos de los pasos del artista per se, sino de quien decide tomar las riendas de su vida a costa de lo que sea…

En poco más de seis meses (tiempo record, considerando su edad y múltiples ocupaciones), Emily of New Moon estaba lista en el escritorio de Maud. Frente a ella estaba una novela que era, en muchos sentidos, la antítesis de Anne of Green Gables.

La historia de Anne Shirley es, en buena medida, una de lazos incondicionales, en que el acuerdo logra sobreponerse al conflicto bajo cualquier circunstancia… pero eso no sucede con esta nueva heroína. La historia de Emily Byrd Starr es, en buena medida también, una de confrontación, de constante desafío a las figuras de autoridad, de crudas derrotas y pálidas victorias, de celos y provocación, de lo sobrenatural que atañe a un don extraordinario pero -a fin de cuentas- es una historia de una lección que puede durar toda una vida: aprender a conciliar el pasado con el presente y el futuro.

Una lección difícil que se traduce en un camino escarpado, idéntico en esencia al sendero alpino que cautivara a Maud a través del poema anónimo To the Fringed Gentian, que definiera toda su visión de lo que significa dedicarse (en cuerpo y alma) a las letras y que para Emily, por consiguiente, se convirtiera en un motif esencial.

A Emily of New Moon, en 1923, siguió Emily Climbs en 1925 ("climbs", empieza a escalar el sendero alpino), continuación en que Maud aborda el período de técnica y obligada formación al que todo artista debe someterse para generar su propia voz. Finalmente, dándose una pausa para desarrollar The Blue Castle (su primer trabajo de corte adulto), en 1927 Maud terminaría Emily’s Quest, último eslabón en la historia de Emily Byrd Starr y al que llegara no sin pocos sacrificios y conflictos: se había mudado de Leaksdale a Norval (cerca de Toronto), su vida familiar estaba a la deriva y problemas económicos (sin mencionar un dejo de nostalgia) no tardarían en llevar a Maud a reconciliarse con Anne Shirley.

Aunque siempre bajo la sombra de Anne of Green Gables (no sólo por su inmensa popularidad, sino también por el sentido lumínico con que fue escrito), Emily of New Moon, Emily Climbs y Emily’s Quest figuran, a título personal, como el testimonio más honesto que Lucy Maud Montgomery dejó en vida. Por supuesto, se trata de libros muy sinceros y teñidos de cierto gris pues en ningún momento, por más cautivante que sea dejarse llevar por la imaginación y el instinto creador, se pretende ignorar que el mundo sigue ahí, inmisericorde y en constante movimiento, ajeno a ideas de justicia o injusticia en que las palabras, por si mismas, no van a salvar la vida de nadie, en que las aspiraciones no se harán realidad con sólo desearlas, en que el pasado nos sigue a cualquier lugar.

La historia de Emily Byrd Starr, delineada (tal vez a propósito, tal vez no) en virtud del mítico poema que Lucy Maud Montgomery tatuara en su memoria en el preciso momento en que dejó que su alter ego (la voz del artista) tomara el control, siempre está abierta a nuevas interpretaciones y sentimientos: su melódica estructura, su detallada descripción de las impresiones de una artista en ciernes, la crónica del fin de una era con la llegada del siglo XX, sin olvidar las veladas referencias a otras brillantes autoras como las hermanas Brontë, Felicia Hemans, Jane Austen o Emily Dickinson, sin mencionar la marcada influencia de Edgar Allan Poe, Lord Byron, Charles Baudelaire, Walt Whitman, Nathaniel Hawthorne y muchos, muchos más… todo ese cúmulo de elementos hacen de Emily of New Moon, Emily Climbs y Emily’s Quest una visita obligada no sólo para quienes contemplen hacer de su pasión por el arte un oficio, sino también para todos nosotros, los que deseamos hallar nuevas fronteras en nuestra concepción del arte y su interpretación.

Después de todo, ambos estamos obligados a caminar por un difícil sendero.

Sin duda, no el mismo, pero pleno de significado por igual.

Referencia de post-image:
Cubierta de Emily’s Quest, edición de Shinchosha, traducida por Hanako Muraoka. 1969

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  1. Escrito por junebell, 07/7/08 @ 4:36 pm

    me gusta mucho los comentarios que haces sobre LMM y Emily, como las relaciones y las describes a ambas. ¿Has leído sus diarios? Lo parece por tus comentarios… yo los leí y creo que tienes razón al decir que LMM los escribió ce tal manera que parecen uno más de sus libros donde la protagonista es ella misma y donde es tremendamente sincera al hablar de sus sentimientos. Quizá se sintió con la libertad de hacerlo porque dejó claramente dicho que no se publicaran hasta mucho después de su muerte para así no hacer daño o molestar a nadie que pudiera ser nombrado en ellos….

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