The Alpine Path :: Prólogo (Parte I) :: Lucy of Green Gables

Junio 29, 2008 | Kaze no Shoujo Emily |


"I wonder," thought Emily, "if anyone will remember me ninety years after I’m dead."

- L.M. Montgomery
Emily of New Moon
Ch. 7 "The Book of Yesterday"


 


Se sienta frente al vacío. El vacío de una página en blanco. El vacío de un lienzo en estado original. El vacío de un silencio que nadie se atreve a romper.

Se sienta frente al vacío y, de la nada (mejor dicho, en lo que otros no pueden ver sino "nada"), empieza a crear, a construir mundos enteros, mundos posibles e imposibles, mundos sobre lo que fue, lo que es o lo que podría ser.

Valiéndose de palabras, de imágenes, de colores, de movimientos, el artista dedica su vida a imitar, reproducir lo que nos ofrece la realidad en todas sus formas. Pero en su intento por imitar, por reproducir, el artista no puede evitar que en su obra se vea plasmada su visión y perspectiva, sus expectativas y su juicio, su alternativa y sus motivos.

En su intento por imitar, por reproducir a la perfección, el artista interpreta (voluntaria o involuntariamente, pero siempre inevitable): interpreta los actos ajenos (de vivos y muertos), interpreta el legado de la naturaleza (el paisaje que fue, que es y que ha de venir), interpreta su propia voz (la presente y la de sus primeros años) pero, sobretodo, interpreta lo que esconde el portal hacia lo que Platón solía llamar el "mundo perfecto", el "mundo real", el mundo donde las ideas existen en estado puro (aterradoras y cautivantes por igual, inmisericordes), el mundo que nadie más -excepto ell@s- puede descubrir y apreciar a voluntad… aunque, muchas veces, tal don termina por transformarse en su más devastadora tragedia.

Traductor espiritual bajo múltiples formas, el artista es también víctima, verdugo y sobreviviente. Día tras día, el artista libra innumerables combates: contra sus seres queridos, contra el medio ambiente, contra el tiempo, contra sí mismo, contra sus seguidores, contra todo lo que le impide satisfacer su instinto creativo que, como tal, es inevitable y no importa que tantas restricciones (físicas, morales o espirituales) le sean impuestas, no importa que tanto él (o ella) pretenda ignorarlo… tarde o temprano, ese instinto sobrenatural volverá a hacerl@ su presa, y ni siquiera con la muerte podrá escapar de sus efectos (pues el artista, a través de su obra, se condena a la eternidad).

El artista es héroe o villano de mil combates y, sin embargo, lo único que nosotros (lectores pasivos o activos) llegamos a conocer es únicamente el resultado. Ajenos nos son los días de pena, alegría, concentración y concepción. Ajeno nos es el proceso que conduce a un ser humano a la decisión de ofrendar su vida a la interpretación. Ajenos nos son los pasos que le llevaron a perfeccionar su técnica y ajenos nos son también los eventos que le llevaron a despreciar la técnica establecida con tal de hallar su propio camino.

Cierto es que todo artista, en cada centímetro, segundo o sílaba de su obra, deja rastros de nos permiten armar (cual rompecabezas) una imagen de todo el camino recorrido. Pero escasos son los ejemplos de creadores que, deliberadamente, nos permiten ser cómplices de su odisea. Algunos, ya lo sabemos, lo logran a través de autobiografías o ensayos; no obstante pocos, pocos aún más se valen de toda -absolutamente toda- su obra para ofrecernos, en etéreo segundo plano, un asiento de primera fila para conocer el (casi siempre) oscuro proceso que forma -y deforma- a un artista.

En este respecto, su servidor no puede traer a la mente un ejemplo más vivo y fascinante que el de Lucy Maud Montgomery.

Nacida el 30 de noviembre de 1874 en la Isla del Príncipe Eduardo, edénica provincia al noreste de Canadá, "Maud" (como prefería ser llamada) delineó su obra entera (compuesta por 20 novelas, 12 colecciones de historias cortas, una antología de poemas, múltiples ensayos y centenares de diary-entries compiladas [post-mortem] en cinco volúmenes) en virtud de muy personales experiencias, encuentros y desencuentros. Con un inglés lírico, melódico (inglés en plenitud, casi imposible de hallar en nuestros días), Maud convirtió los típicos -y no tan típicos- acontecimientos de comunidades rurales de la Canadá del finales del siglo XIX en épicos enfrentamientos en que una nueva generación busca plena libertad y un camino propios, acabar con el yugo de las tradiciones y emprender la aventura que el destino depara a todos los jóvenes.

No obstante, en medio de su incansable lucha, todas las heroínas (y héroes) de L.M. Montgomery reconocen que hay gigantes contra los que es imposible ganar, rivales en forma (padres, tutores, autoridades, instituciones) y en fondo (amor, fe, odio, recuerdos) que jamás podrán derrotar y ante los que sólo queda detenerse y sentar cabeza. Tal es el paso que define la llegada de la edad adulta pero, como también lo demuestra Maud, es la forma en que cada persona asimila (interpreta) sus derrotas ante el mundo lo que puede convertirl@ en un individuo más o en un ser excepcional.

Sí, excepcional, pero "excepcional" más allá de cualquier reconocimiento o elogio, "excepcional" en el sentido de sentirse satisfecho consigo mismo y con las decisiones tomadas.

Presa de una severa ambigüedad, el concepto de "obra de arte" es -hoy por hoy- muy difícil de definir. Sin embargo, basándonos en la experiencia, toda obra que nos cautiva a pesar del tiempo, que (constantemente) nos permite descubrir (¿crear?) nuevos significados y mensajes que deleitan (o perturban) nuestro espíritu y sentidos, bien merece ser llamada obra de arte. Así, aunque estigmatizadas con el apelativo de "literatura infantil y juvenil" (estigmatizadas, fase posterior a la generalización), los textos de L.M. Montgomery se hallan repletos de materia prima, detalles, descripciones, frases, citas que nos hablan de "algo más" que una pequeña huérfana enviada por error a una pareja de ancianos, de "algo más" que un joven maestro enamorado de una silente doncella, de "algo más" que una niña de mágico nombre que vive en un mundo imaginario, de "algo más" que una adolescente eternamente atada a su viejo hogar y, sobretodo, de "algo más" que de una joven canadiense que -a base de experiencias y crudos sacrificios-  decidió hacer de su pasión por las palabras su vocación y oficio.

Ese misterioso "algo más" en que se esconde la más pura concepción de "arte", lejos de todo academicismo, remuneración o reconocimiento. "Arte" como ese instinto del que ciertos elegidos no pueden separarse ni a sol ni a sombra.

Pero hablar de Lucy Maud Montgomery nos obliga a hacer mención de su opera-prima, la novela que marcaría (a los 34 años) toda su trayectoria literaria y vida personal.

Y es que, aunque de ligero impacto en países de habla hispana, Anne of Green Gables (o "Ana de las Tejas Verdes") ha dejado una huella imborrable en su país de origen, en los Estados Unidos e incluso en algunas naciones de Europa pero, en este sentido, nada llama tanto la atención como la fascinación que Anne Shirley y su mundo han generado, desde hace más de 50 años, en un contexto tan lejano a Canadá como Japón.

Sin demeritar un ápice el valor artístico de la obra de Maud, hay que reconocer que la popularidad de Anne of Green Gables en Japón se debió, en parte, a una serie de circunstancias históricas y culturales.

Gracias a la incansable labor de edición y traducción de Hanako Muraoka, Anne of Green Gables fue publicada en 1952 y no tardaría en convertirse en una de las novelas extranjeras de mayor impacto en Japón después de la 2da. Guerra Mundial. A pesar de tener por público a jóvenes con una identidad perdida y adultos con una moral destrozada, Anne of Green Gables fue parte importante de esos "primeros auxilios" que ayudaron a sanar la terrible herida que dejó la derrota del ejército imperial y la bomba atómica.

De personalidad brillante y espontánea, intrépida por naturaleza aunque lo suficientemente inteligente como para someterse a la autoridad sin que ésta le impida alcanzar sus metas, Anne Shirley fue también uno de los tantos modelos que permitió redefinir la imagen de la mujer japonesa hacia la segunda mitad del siglo XX. Las mismas descripciones que Maud realizó de Green Gables, Avonlea y sus alrededores, retratos perfectos de comunión con la naturaleza, hallaron cierta similitud en preceptos shintoístas y budistas.

Lectura obligada en escuelas públicas hacia mediados de los años 60, Anne of Green Gables había sido "digerida" por una cultura japonesa en reconstrucción. Su universo empezaba a echar raíces en la memoria de miles de niños, jóvenes y adultos que habían hallado en la mirada de Anne Shirley, de Diana Barry, de Gilbert Blythe, la filosofía bajo la cual deseaban conducir sus vidas.

La empatía del pueblo japonés por Anne of Green Gables se hizo presente de muy variadas formas: las adaptaciones fílmicas y televisivas fueron transmitidas, las agencias de viajes empezaron a gestionar múltiples tours a la Isla del Príncipe Eduardo, estudiantes universitarios elaboraron ensayos y trabajos de investigación a partir de las obras de L.M. Montgomery, el parque de diversiones Canadian World (que incluía una representación, escala 1:1, de Green Gables) abrió sus puertas en Hokkaido… aunque la muestra más evidente de esa pasión por Anne tuvo lugar el 7 de enero de 1979, fecha en que Nippon Animation abriera "oficialmente" el ciclo del Sekai Meisaku Gekijou (World Masterpiece Theatre) con Akage no Anne, primera ocasión en que la opera-prima de Maud llegó a las pantallas en medio de trazos y vivos colores.

Con casi medio siglo de vida y buscando nuevos retos en un medio en plena evolución, Isao Takahata lideró un gran equipo de artistas jóvenes y veteranos (entre los que se encontraban Hayao Miyazaki, Yoshifumi Kondo, Yoshiyuki Tomino, Kouichi Murata, Nobuo Tomizawa, Michiyo Sakurai y muchos otros nombres que hoy es imposible mencionar sin cierta emoción) ante el complejo desafío de interpretar la excelsa narrativa de Maud y traducirla en fino arte animado. ¿El resultado?, no sólo una de las producciones animadas mejor realizadas de todos los tiempos, sino también punta de lanza de un período de exportaciones que darían a conocer (a gran escala) la maestría de los animadores japoneses en todo el mundo, además de sentar las bases de lo que hoy es una gigantesca industria.

Con 50 episodios, Akage no Anne fue el pináculo de la "pacífica conquista" que, a más de 30 años de haber partido, Lucy Maud Montgomery ejerció sobre un pueblo que, abatido por las circunstancias, encontró en su obra el valor necesario para levantarse y darse una segunda oportunidad.

A la fecha, el legado de Anne y Maud sigue vigente en Japón: la Compañía de Teatro Shiki puso en escena su propia versión del musical de Anne of Green Gables, nuevas ediciones de las obras de L.M. Montgomery y libros dedicados al estudio de su técnica literaria siguen saliendo a la venta, la Isla del Príncipe Eduardo sigue estando entre los destinos turísticos más solicitados por las agencias de viajes, toda parafernalia relacionada a Akage no Anne se agota de inmediato en la online-store de Nippon Animation y, por si fuera poco, la versión animada de la que muchos consideran su obra más íntima, Emily of New Moon, fue emitida entre la primavera y el otoño de 2007, estrechando aún más los lazos entre dos naciones tan original -e históricamente- atípicas, como son Canadá y Japón.

Punto medular en la vida de su autora y de millones de personas en todo el mundo, Anne of Green Gables fue publicada originalmente el 20 de Junio de 1908, pero más allá de lo que el intenso mundo de Anne Shirley puede ofrecer, su mayor mérito es haber abierto una ventana al mundo de una extraordinaria mujer que, en medio de constantes conflictos y tragedias personales, jamás cegó en su intento de satisfacer el instinto propio de quienes tienen el don de acceder a un mundo ilimitado, un mundo que ella descubrió desde muy joven y del que jamás partió.

A cien años de su primer paso por el Sendero Alpino, por la vida del artista, Lucy Maud Montgomery aún tiene mucho, mucho por mostrarnos.

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