Abril 19, 2008

Neko’s Choice :: Anime Pick :: Itazura na Kiss

Temporada de primavera, y ha llegado el momento de que su felino servidor ofrezca otra recomendación a granel. Sin embargo, como bien sabemos, para el apestoso gato es imposible comportarse como un ser pensante y afirmar, sin más, "¡Véanla!".

No: el gato tiene que discurrir a voluntad, escribir y escribir, hablar y hablar hasta que llegue la noche o se acabe el espacio.

Temporada de primavera, y dicen los sabios de antaño que es tiempo de tórtolos, cartas secretas y obsesivas llamadas telefónicas. De ahí que Koneko,  en imperioso afán de respetar a los sabios y rendir tributo a la tradición, hace de esta nueva entrega de Neko’s Choice un nostálgico ranteo y reflexiva  postura sobre aquella sensación que hace que cada día valga la pena, y que no encuentra mejor síntesis que en el viejo adagio que reza…

xxx & xxx sitting in a tree,
K-I-S-S-I-N-G,
First comes love,
Then comes marriage,
Then comes xxx with a baby carriage.
En avant!

 

Pocos, muy pocos estarán en contra de las posturas que afirman que la tecnología ha cambiado nuestras vidas para bien, ha simplificado nuestra (otrora)  problemática rutina y dejarnos, así, un poco más de tiempo para dedicarlo a un cultivante ocio.

Al paso de los años, la tecnología ha transformado la forma para siempre. Sin embargo pocos, muy pocos han reparado en que los mismos avances que  tanto vitoreamos y alabamos están -por debajo de la mesa- también transformando el fondo, todo hasta un punto en que a las nuevas generaciones les  resulta imposible estudiar, divertirse o incluso sobrevivir sin ella.

Cualquier aplicación tecnológica tiene el poder de modificar nuestros procesos mentales y esto no sólo se traduce en la desesperación que nos invade  cuando hay un apagón, cuando se estropea el frigorífico o cuando perdemos el control remoto del televisor. La tecnología también altera nuestra imaginación, la forma en que construimos historias, en que soñamos, en que visualizamos -al despertar- todo lo que haremos durante el día.

La tecnología, en pocas palabras, también interviene en la creación de lo que conocemos como tradición oral y, por ende, en la cultura de civilizaciones  enteras.

Hace más de 40 años, en su libro "The Medium is the Massage", Marshall McLuhan sentenció que los medios de comunicación, una vez asimilados por la sociedad, se convierten en extensiones del cuerpo humano y sus sentidos. Para McLuhan el contenido del mensaje, la idea que se desea transmitir, está  destinada a fusionarse con el medio que la emite, modificando nuestra percepción.

En este sentido, el cine se ha revelado como un "arma" muy poderosa. El cine ha influido tanto en la sociedad durante los últimos 100 años que incluso la  forma en que nosotros -las generaciones que nacimos con un cine en apogeo- armamos secuencias de acción (consciente o inconscientemente) es  como si se tratara de una película: soñamos con planos, cortes y movimientos de cámara, contamos historias simulando efectos especiales… rasgo que  no compartimos con generaciones anteriores.

El cine, hermano mayor de la animación y padre de la televisión, también ha marcado territorio en conceptos inherentes a cualquier cultura aunque, a título  personal, ninguno ha sido tan tergiversado en su esencia como el amor.

Hoy por hoy sería muy sencillo afirmar que cada generación ha tenido su propia idea -y forma de vivir- el amor, y que lo que se vive en el siglo XXI no es sino parte de un proceso natural.

Me niego a creer en ello.

Hoy por hoy, el amor es producto, es centro de la más trivial conversación. El amor se confunde con el miedo a la soledad, con el deseo sexual, es objeto  de presunción de pseudo-intelectuales que afirman que sólo se trata de una reacción bio-química, o que termina a los siete años. En medio de aceleradas  rutinas, el amor se vive al hervor. Se habla del amor como polarizado: insorportablemente dulce o devastadoramente trágico, se habla sólo de los  derechos que "otorga" y jamás del compromiso en que deriva.

Desde tiempos ancestrales, los medios de comunicación han tenido al amor como punto de partida de otros muchos aspectos de la naturaleza humana,  pero son el cine y sus derivados los que, con su acelerado desarrollo e imparable interés por ofrecer al público novedad tras novedad (sin profundizar),  han "explorado" tal variedad de facetas del amor que su significado, la esencia, ese común denominador que mantiene toda estructura en pie, se  encuentra fragmentado y sepultado entre toneladas de argumentos "express" que buscan definir (y concluir) el más complejo elemento de nuestra psique.

Aún y cuando parte de la responsabilidad atañe a los medios, otro tanto corresponde a la misma sociedad, esa que pretende usar la imagen como  sustituto o complemento de la vida misma, esa que juzga una historia de amor no en virtud de su propia narrativa, sino de su cercanía con la "realidad".

Cualquier tema, idea o concepto necesita de la certeza para mantenerse firme y de una duda que le permita regenerarse y seguir adelante.  Lamentablemente, las nuevas generaciones (herederas de los mass media) se han empeñado tanto en cuestionar, en sospechar sobre el origen y sentido  del amor, que su certeza es cada vez más frágil y trivial.

El medio que nos ocupa, vinculado históricamente al cine, tampoco se ha visto exento de esta crisis de significado, aunque se ha hecho presente en un sentido distinto. Así como el creciente fandom se ha empeñado en limitar las formas de expresión que la animación puede ofrecer, lo mismo sucede con  las perspectivas en que pueden abordarse ciertos temas.

Hoy por hoy, el amor en anime es -en buena medida- "amor light", amor como sustituto de la experiencia viva, amor como droga. Afortundamente,  recientes producciones como Hachimitsu to Clover, Futakoi Alternative, NANA, Asatte no Houkou, ef ~a tale of memories~ o Tokyo Marble Chocolate han  hecho a un lado ese infame "dudar por dudar" para atreverse a poner las cartas sobre la mesa y hablar a viva voz, no de las sospechas que rodean al  amor, sino de lo que verdaderamente lo conforma.

Por definición, el shoujo manga ha tenido en la idea del amor su más redituable "caldo de cultivo" en términos narrativos, sin embargo, la forma en que  l@s mangakas lo han reflejado depende -en muchas ocasiones- de la perspectiva que la sociedad (japonesa) en general tiene del amor. Pocos son los  mangakas que realmente logran hallar su propia voz sobre el tema y la oportunidad de expresarla abiertamente.

Así, desde sus inicios en tinta y papel a finales de los años setenta, Kaoru Tada haría de la love story el centro de toda su obra. En apariencia ligeras  comedias con certeros golpes dramáticos, las historias de Kaoru Tada fueron reflejo de muchas de las inquietudes y creencias de la generación que  empezó a vivir los primeros grandes "chispazos" de un Japón en desarrollo.

El primer gran éxito de Tada-sensei, Aishite Knight (1981), fue un tributo a ese impulso adolescente por labrar un camino propio, la historia de un primer  amor que se mueve entre la rebeldía del glam-rock, la búsqueda de identidad y la certeza, al final del camino, de que el deseo de aventura tarde o  temprano se convierte en añoro de estabilidad. En distintas versiones e idiomas, en blanco y negro como en movimiento y a todo color, Aishite Knight fue  compañía inovidable de niños y jóvenes en Japón, Italia, España, Alemania, Francia y otros países.

Aunque jamás cuestiona la existencia del amor, Aishite Knight sí nos habla de que las únicas decisiones -tomadas por amor- que realmente valen la pena  no son aquellas que buscan complacer las expectativas de los mayores ni corresponder a la moda del momento, sino las que nacen de uno mismo, las  que se toman con tiempo y en nuestros términos.

En un momento preciso, justo cuando el boom de los mass media transformaría el devenir de futuras generaciones, Kaoru Tada hizo patente la filosofía  que le acompañaría durante el resto de su carrera: nadie puede decidir por nosotros, nadie debe marcar la decisión más importante de nuestras vidas, el  amor es -y deberá ser siempre- una experiencia personal.

Sentencia obvia y sencilla pero que hoy, en medio de tantas voces, cobra muy especial sentido.

Asentando el terreno sobre el que posteriormente construirían Wataru Yoshizumi, Miho Obana, Yuu Watase o Ai Yazawa (entre otras artistas), Kaoru Tada  afirmó a través de sus relatos que el amor -por si mismo- no tiene sentido. Para Tada-sensei, el amor sólo cobra verdadera importancia cuando es la base de nuestro crecimiento en todos los aspectos, cuando es fuente de valor, cuando nos deja ver que siempre hay otro escalón por subir y nos brinda la  fuerza para hacerlo.

Pero aún quedaba algo por decir, y es que si el shoujo manga tiene un obstáculo a vencer es atreverse a ir más allá del "happily ever after", de abordar sus  brillantes inicios y también su etapa más crítica, cuando el deseo se ha hecho realidad y ha llegado el momento de que dos encaren juntos el futuro.

En 1991, Itazura na Kiss hizo su primera aparición en las páginas de Margaret, y lo que comenzó como un simple romance adolescente (que, para  entonces, ya era moneda corriente en el medio) no tardaría en convertirse en una crónica de la vida en pareja, de las coincidencias (que escapan a  nuestro control) que dan pie al amor y de las acciones (que están en nuestras manos) que lo mantienen vivo.

A lo largo de ocho años y 23 volúmenes, Kaoru Tada hizo de la predestinada unión entre Kotoko Aihara y Naoki Irie un firme discurso sobre el amor, no ya  como un utópico ideal sino como la suma de detalles que se debaten entre el odio, el juego, la propia identidad, la confianza, la voluntad y el sincero  compromiso de vivir por y para otro ser humano.

Hit inmediato entre adolescentes y adultos, ItaKiss llegaría a la pantalla chica a través de su homónimo dorama en 1996, aunque obtendría aún más éxito  con E Zuo Ju Zhi Wen (Comenzó con un Beso), adaptación taiwanesa live-action que debutara en 2005 y cuya secuela (que iniciara a finales de 2007) se  encuentra entre las series televisivas más vistas en aquel país.

Lamentablemente, Tada-sensei no tuvo oportunidad de apreciar todo el impacto que su mejor trabajo tendría en su país y en el extranjero. Víctima de un infortunado accidente, Kaoru Tada falleció en marzo de 1999, dejando ItaKiss inconclusa para siempre.

Es así como, a 17 años de su inicio y casi una década desde la publicación de su último capítulo, Itazura na Kiss recibe (¡al fin!) el tratamiento animado que por años le fue negado. A muchos sorprende que tan longeva historia sea materia prima para un proyecto anime, sobretodo cuando los valores, lenguaje y posturas que refleja distan mucho de lo que hoy manejan adolescentes y jóvenes adultos, sin embargo, esta producción no podía llegar en  mejor momento.

Emblemática casa que siempre se ha destacado por dar cabida a experimentados creadores y generar nuevos ralentos, TMS Entertainment  (anteriormente conocida como Tokyo Movie Shinsha) ha puesto en manos del veterano Osamu Yamazaki más que un traslado de la imagen estática a la  imagen móvil: es un proyecto que juega con nuestra concepción de lo que debe y no debe de ser una historia de amor; es un proyecto que aligera el paso,  toma un respiro y se atreve a reflexionar sobre el camino recorrido.

Itazura na Kiss sabe a nostalgia… y no es casualidad. Aquí vuelven los sencillos, pero muy carismáticos personajes, habituales escenarios  llenos de color, esos clásicos gags de comedia física y aquellas ilusorias secuencias que congelan en el tiempo un encuentro, un estrechar de manos, un  tierno beso…

Itazura na Kiss huele a nostalgia… y no sin motivo. Sus típicas situaciones y conflictos son un recordatorio de los días en que la animación (como medio  de comunicación) reafirmaba el amor como motor de otros importantes objetivos; son un recordatorio en que la extrema comunión con la ficción no era necesaria para degustar una historia.

Itazura na Kiss se siente a nostalgia… y tiene sentido. Bien se dice que la comedia es un proceso muy complicado, pues en medio de la irreverencia y la  risa desatada debe haber lugar para el significado y esta producción -aún en medio de sus hilarantes eventos- no cuestiona el amor, por el contrario:  ofrece a jóvenes y adultos un muy peculiar estudio sobre los sentimientos que surgen de la rutina y el desencuentro, de las decisiones y actos que dan  forma a una visión del amor que no termina con el primer beso, sino que sigue transformándose a lo largo de nuestra vida… sin perder su esencia.

Itazura na Kiss se observa como nostalgia… y a la vez no. TMS Entertainment pone en práctica técnicas y perspectivas de la era digital para dar vida a  una estructura "clásica"; incluso Nana Mizuki y Daisuke Hirakawa (quienes dan voz a Kotoko y Naoki, respectivamente) formaron parte de la niñez que  creció con la visión del amor (y de la historia de amor) que relatos como Itazura na Kiss refleja a plenitud.

En una era en que la polarización, fugacidad y necedad de sospecha que suele dominar un medio que puede ser tan versátil, como es la animación, la  aparición de proyectos que conviertan la nostalgia en una bocanada de aire fresco, que aprovechen al máximo los recursos del medio y su tradición para  ofrecernos -a la vez- la certeza que necesitamos y la propuesta que invita a la reflexión, es un evento que no puede ser pasado por alto por los adultos y, sobretodo, por los jóvenes.

Nostalgia de una visión del amor en días lejanos, de la historia de amor como vehículo de emociones, de la clásica precisión que nuestro medio no debe  olvidar.

Itazura na Kiss es nostalgia pura… más joven que nunca.


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