Con cada día que pasa me encuentro con una paradójica realidad: no tiene sentido hablar sobre animación o, mejor dicho, hablar sobre animación es contraproducente o, mejor dicho aún, hablar sobre animación es un arma de dos filos.
¿A que viene esta infame afirmación? Intentaré explicarme…
En opinión de este gato, cada producción animada trae consigo un cúmulo de emociones… emociones que, una vez en contacto con el público, pueden (o no) transformarse en toda clase de significados o mensajes.
Los creadores -por supuesto- plasman en su trabajo (incluso en los más banales y oportunistas) toda una vida: su infancia, su adolescencia, su humor, su amor, su odio, su frustración… todo está ahí: en colores, formas y sonidos, prestos a llegar a cada uno de nosotros y "combinarse" (adaptarse) de acuerdo al perfil de cada expectador.
Los creadores dan vida a la obra (la definen, la delinean, la construyen). Durante las semanas o meses de producción, la obra les pertenece… pero todo cambia cuando la obra se proyecta ante nosotros. A partir de ese momento, la obra deja de ser de los creadores. A partir de ese momento, la obra nos pertenece y podemos hacer con ella lo que nos plazca: podemos alabarla, asimilarla, destruirla, gozarla, recordarla, olvidarla…
Pero en años recientes, precisamente a raíz del desarrollo y creciente popularidad del medio que nos ocupa, un problema se ha hecho evidente: "alguien" se está robando la oportunidad de que el público defina, de primera intención, qué es lo que quiere hacer con la obra que ya es suya; "alguien" nos está diciendo (cada vez de forma más directa) cómo actuar, cómo interpretar esa obra que debería ser nuestra.
Ese "alguien" -cosa curiosa- es la misma industria, es el mismo fandom, somos nosotros mismos…
Términos como moé~, tsundere, lovecom, lolicon, guro y muchos, muchos otros son pan cotidiano en nuestro medio. Sin embargo, lo que en un tiempo fueron inocentes adjetivos que surgen de la jerga de todo fandom, se han convertido en agresivos arquetipos que limitan nuestro juicio y capacidad de apreciar las obras que se nos ofrecen.
Yo puedo hablar (por ejemplo) de obras como ARIA, Asatte no Houkou, Sketchbook o Manabi Straight y referirme a ellas como slice of life. No obstante, el hecho de que la primera impresión que ustedes reciben de estas producciones (en caso de aún no haberlas visto, que es -casi siempre- la razón que motiva la búsqueda de reviews) es a partir de un término tan "cerrado" y específico como slice of life (que no lo era hace tiempo, lo hemos vuelto así) predetermina la actitud con que observamos dichas series y evita que podamos explorar otras variantes del cúmulo de emociones que nos ofrecen.
Todo esto se da a nivel subconsciente y no es algo nuevo. Lo mismo sucede cuando (otro ejemplo) un amigo nos platica sus impresiones de cierto libro o película antes de que nosotros la veamos o leamos: lo querramos o no, los comentarios de ese amigo ("¡excelente!", "¡malísima!") influyen en nuestra interpretación. Ciertos individuos son más suceptibles que otros, pero nadie está exento.
Obviamente, las referencias (el "boca en boca") es parte esencial de la cultura popular, es la raíz de la bien llamada "tradición oral" que -a fin de cuentas- constituye la memoria del mundo y sería estúpido remar contra esta corriente. Pero, al menos en lo que respecta a nuestro medio, la jerga se ha vuelto tan específica, tan cerrada, tan arquetípica que el verdadero potencial de muchas obras recientes (y algunas clásicas) se ha visto seriamente mermado.
Es lamentable (otro ejemplo, para variar) que muchos no le den una oportunidad a Kodomo no Jikan simplemente porque otros tantos se refieren al manga/anime como lolicon-comedy (por decir lo menos… hay descripciones mucho más degradantes), impidiéndoles descubrir el emotivo drama que envuelve esta historia… y esto también aplica cuando decimos que Lucky Star es moé~, que Gurren-Lagann es gar, que Rie Kugimiya nació para interpretar chicas tsundere, en fin: la jerga se vuelve más cerrada y, con ella, también las posibilidades de asimilar, sentir y descubrir los secretos de nuevas historias.
Preocupante es también, ahora que hablamos de ello, la inexactitud de una palabra tan compleja como Moé~. Muchos -sobretodo los detractores- se refieren al vocablo de forma muy despectiva, prácticamente afirmando que moé~-anime = dumb-anime, olvidando (o ignorando, que es lo más frecuente) que moé~ no es un género, tampoco es un adjetivo y difícilmente me atrevería a calificarlo como sustantivo.
Moé~ es una sensación, tan simple y complejo como eso. Una sensación de cercanía, de empatía con los personajes de una historia; una intensa sensación que lo mismo puede ser detonada por una Kagami ruborizada que por una Nana Osaki en medio de un concierto. Lamentablemente, el mismo uso de la jerga ha limitado el referente de esta sensación a chicas (en primer lugar) con determinados rasgos físicos y psicológicos (en segundo lugar).
La sensación (el sentimiento) se haya prisionera en una cárcel de palabras, palabras que la obligan (¿nos obligan?) a dotarla de cierta forma y significado.
El meollo del problema -considero- no está en la jerga, sino en que ésta es tomada cada vez más en serio por el medio (y tan en serio que la misma industria ya la emplea como gancho comercial, un arma de doble filo), haciendo a un lado el vocabulario general (que es más amplio, sobretodo en significados) y aislando las obras de su referente esencial: la vida real (otra razón por la que creativos como Hayao Miyazaki, Mamoru Oshii, Satoshi Kon o Hideaki Anno aborrecen el fandom).
Por razones de tiempo, distancia y costumbre, el impacto de la jerga está lejos de consumarse en los países de habla hispana. No obstante, lo que aún se observa entre nosotros es la dificultad de apreciar este medio con actitud de análisis (si algo es bueno, ¿por qué?; si es malo, ¿por qué?, no simplemente decirlo), de abrir la mente y el corazón a propuestas que salgan de lo convencional, de ampliar y fundamentar criterios. Avances los ha habido, pero aún queda camino por recorrer.
¿Y qué queda por hacer? No mucho, pues es un proceso inevitable (los viejos lo llaman "degradación del lenguaje", los jóvenes "evolución"… cada loco con su tema) pero, a título personal, no debemos olvidar que la jerga no es más que una herramienta y su uso nunca debe estar por encima del vocabulario común el cual, a pesar de sus innumerables defectos, sigue siendo el mejor medio para transmitir la huella que en nosotros puede dejar la animación.
P.D.
Ironías de la vida que un gato que suele hacer uso de la jerga a la primera de cambio llegue a estas somníferas conclusiones…