Uno de los adagios más frecuentes en este espacio (muy solicitado en aquellos días de pescado) es que hay ocasiones en que las palabras no bastan para describir una escena (la forma) y mucho menos el impacto (fondo) que ésta puede llegar a tener en nosotros.
Puede que suceda frecuentemente, puede que sólo cada eclipse lunar, pero el sentimiento es inconfundible: los intensos latidos, la mirada fija y expectante, toda la atención fija en la pantalla, un instante en que el mundo desaparece y nos convertimos en testigos presenciales de un trágico conflicto, de una anhelada confesión o de una épica batalla.
¿Cuál es -me pregunto- ese "ingrediente secreto" y por qué Gurren-Lagann lo posee en cantidades industriales?
Por supuesto, la magnitud y sentido del ingrediente en cuestión puede ser tan variada como quienes lo degustan, pero hay algo en esta historia que hace que toda crítica o análisis (favorable o desfavorable) pase a segundo plano, siendo lo único importante y valioso aquello que está ahí, frente a nosotros, en la pantalla… y nada más.
Sin prejuicios, sin pretenciones, sin dobles discursos: sólo la aventura y yo.
Watashi wa Ashita he Mukaimasu es un episodio que, simplemente, no fue hecho para ser comentado: fue hecho para reir a carcajadas, para gritar con valor, para llorar de alegría y coraje, para olvidar quienes se nos induce a ser y recordar nuestra verdadera identidad.
Gurren-Lagann levanta hoy el telón de sus dos últimos actos, y lo hace de forma extraordinaria. De esta producción -a estas alturas- pueden decirse muchas cosas, pero creo que el mejor elogio para quienes nos comparten todo el brillo de su talento e imaginación es guardar silencio y dejar que la nueva secuencia de apertura nos transporte -nuevamente- a esta interminable odisea.